CRISI VII. El hiermo de Hipocrinda
Componían al hombre todas las demás criaturas, tributándole perfecciones; pero de prestado. Iban á porfía amontonando bienes sobre él; mas todos al quitar. El cielo le dió la alma, la tierra el cuerpo, el fuego el calor, el agua los humores, el aire la respiración, las estrellas ojos, el sol cara, la fortuna haberes, la fama honores, el tiempo edades, el mundo casa, los amigos compañía, los padres la naturaleza y los maestros la sabiduría. Mas viendo él que todos eran bienes muebles, no raíces, prestados todos y al quitar, dicen que preguntó:
¿Pues qué será mío? Si todo es de prestado, ¿qué me quedará?
Respondiéronle que la virtud. Ésa es bien propio del hombre, nadie se la puede repetir. Todo es nada sin ella y ella lo es todo. Único bien.demás bienes son de burlas; ella sola es de veras. Es alma del alma, vida de la vida, realce de todas las prendas, corona de las perfecciones y perfección de todo el ser. Centro es de la felicidad, trono de la honra, gozo de la vida, satisfación de la conciencia, respiración del alma, banquete de las potencias, fuente del contento, manantial de la alegría. Es rara porque es dificultosa y, dondequiera que se halla, es hermosa y por eso tan estimada.
Excelencias de la Virtud.
Todos querrían parecer tenerla; pocos de verdad la procuran. Hasta los vicios se cubren con su buena capa y mienten sus apariencias: los más malos querrían ser tenidos por buenos. Todos la querrían en los otros; mas no en sí mismos. Pretende éste que aquél le guarde fidelidad en el trato, que no le murmure ni le mienta ni le engañe, trate siempre verdad, que en nada le ofenda ni agravie; y él obra todo lo contrario.
Con ser tan hermosa, noble y apacible, todo el mundo se ha mancomunado contra ella. Y es de modo, que la verdadera virtud ya no se ve ni parece; sino la que le parece. Cuando pensamos está en alguna parte, topamos con sola su sombra, que es la hipocresía. De suerte, que un bueno, un justo, un virtuoso florece como la Fénix, que por único se lleva la palma.
Esto les iba ponderando á Critilo y Andrenio una agradable doncella, ministra de la Fortuna, de sus más llegadas, que, compadecida de verlos en el común riesgo, estando ya para despeñarse, les asió del copete de la Ocasión y los detuvo De la dicha
á la virtud.dando una voz al Acaso, le mandó echar la puente levadiza, con que los traspuso de la otra parte, de un alto á otro, de la Fortuna á la Virtud, con que se libraron del fatal despeño.
De la Virtud á la Honra.
Ya estáis en salvo, les dijo. Dicha de pocos lograda, pues visteis caer mil á vuestro lado y diez mil á vuestra diestra. Seguid ese camino, sin torcer á un lado ni á otro; aunque un ángel os dijese lo contrario, que él os llevará al palacio de la hermosa Virtelia, aquella gran reina de las felicidades. Presto le divisaréis encumbrado en las coronillas de los montes. Porfiad en el ascenso; aunque sea con violencias: que de los valientes es la corona. Fin premiado.Y aunque sea áspera la subida, no desmayéis, poniendo siempre la mira en el fin premiado.
Despidióse con mucho agrado echándoles los brazos. Volvióse á pasar de la otra parte y al mismo punto levantaron la puente.
¡Oh!, dijo Critilo: ¡qué cortos hemos andado en no preguntarla quién era! ¿Es posible que no hayamos conocido una tan gran bienhechora?
Aún estamos á tiempo, dijo Andrenio: que aún no la habemos perdido ni de vista ni de oída.
Diéronla voces y ella volvió un cielo en su cara y dos soles en un cielo, esparciendo favorables influencias.
Perdona, señora, dijo Critilo, nuestra inadvertencia, no grosería, y así te favorezca tu reina más que á todas, que nos digas quién eres.
Aquí ella sonriéndose: No lo queráis saber, dijo, que os pesará.
Pero ellos más deseosos con esto, porfiaron en saberlo y así les dijo:
Yo soy la hija mayor de la Fortuna, yo la pretendida de todos, yo la buscada, la deseada, la requerida, yo soy la Ventura.
Y al momento se traspuso.
Dicha desconocida.
Juráralo yo, dijo suspirando Critilo, que en conociéndote habías de desaparecer. ¡Hase visto más poca suerte en la dicha! Así acontece á muchos cada día. ¡Oh cuántos, teniendo la dicha entre manos, no la supieron conocer y después la desearon! Pierde uno los cincuenta, los cien mil de hacienda y después guarda un real. No estima el otro la consorte casta y prudente, que le dió el cielo, y después la suspira muerta y adorada en la segunda. Pierde éste el puesto, la dignidad, la paz, el contento, el estado, y después anda mendigando mucho menos.
Verdaderamente, que nos ha sucedido, dijo Andrenio, lo que á un galán apasionado, que, no conociendo su dama, la desprecia y después, perdida la ocasión, pierde el juicio. Desta suerte malograron muchos el tiempo, la ocasión, la felicidad, la comodidad, el empleo, el reino, que después lo lamentaron harto. Así sollozaba el rey navarro pasando el Pirineo y Rodrigo en el río de su llanto. ¡Pero desdichado sobre todo quien pierda el cielo!
Hombres de artificio.
Así se iban lamentando, prosiguiendo su viaje, cuando se lesp. 4 hizo encontradizo un hombre venerable por su aspecto, muy autorizado de barba, el rostro ya pasado y todas sus faciones desterradas, hundidos los ojos, la color robada, chupadas las mejillas, la boca despoblada, ahiladas las narices, la alegría entredicha, el cuello de azucena lánguido, la frente encapotada, su vestido por lo pío remendado, colgando de la cinta unas disciplinas, lastimando más los ojos del que las mira, que las espaldas del que las afecta, zapatos doblados á remiendos, de más comodidad que gala. Al fin, él parecía semilla de ermitaños. Saludóles muy á lo del cielo para ganar más tierra y preguntóles para adónde caminaban.
Vamos, respondió Critilo, en busca de aquella flor de reinas, la hermosa Virtelia, que nos dicen mora aquí en lo alto de un monte, en los confines del cielo. Y si tú eres de su casa y de su familia, como lo pareces, suplícote que nos guíes.
Aquí él, después de una gran tronada de suspiros, prorrumpió en una copiosa lluvia de lágrimas.
¡Oh, cómo vais engañados!, les dijo, ¡y qué lástima que os tengo! Porque esa Virtelia, que buscáis, reina es; pero encantada. Vive, aunque más muere, en un monte de dificultades, poblado de fieras, serpientes que emponzoñan, dragones que tragan, y sobre todo hay un león en el camino, que desgarra á cuantos pasan. Á más de que la subida es inaccesible, al fin cuesta arriba, llena de malezas y deslizaderos, donde los más caen haciéndose pedazos. Bien pocos son y bien raros los que llegan á lo alto.
Y cuando toda esa montaña de rigores hayáis sobrepujado, queda lo más dificultoso, Dificultades
de la virtud.es su palacio encantado, guardadas sus puertas de horribles gigantes, que con mazas aceradas en las manos defienden la entrada y son tan espantosos, que sólo el imaginarlos arredra. Verdaderamente me hacéis duelo de veros tan necios, que queráis emprender tanto imposible junto.
Un consejo os daría yo y es que echéis por el atajo, por donde hoy todos los entendidos y que saben vivir caminan.p. 5 Porque habéis de saber que aquí más cerca, en lo fácil, en lo llano, mora otra gran reina, muy parecida en todo á Virtelia en el aspecto, en el buen modo, hasta en el andar, que la ha cogido los aires. Al fin un retrato suyo; sólo que no es ella. Pero más agradable y más plausible, tan poderosa como ella y que también hace milagros. Para el efecto es la misma.
Porque decidme, vosotros ¿qué pretendéis en buscar á Virtelia y tratarla? ¿Que os honre, que os califique, que os abone, para conseguir cuanto hay, la dignidad, el mando, la estimación, la felicidad, el contento? Pues sin tanto cansancio, sin costaros nada, á pierna tendida, lo podéis aquí conseguir. No es menester sudar ni afanar ni reventar como allá. Dígoos que éste es el camino de los que bien saben. Todos los entendidos echan por este atajo y así está hoy tan valido en el mundo, que no se usa otro modo de vida.
Milagros de la apariencia.
¿De suerte, preguntó Andrenio, ya vacilando, que esa otra reina, que tú dices, es tan poderosa como Virtelia?
Y que no la debe nada, respondió el Ermitaño. Lo que es el parecer, tan bueno le tiene y aun mejor y se precia dello y procura mostrarlo.
¿Que puede tanto?
Ya os digo que obra prodigios. Otra ventaja más y no la menos codiciable, que podréis gozar de los contentos, de los gustos desta vida, del regalo, de la comodidad, de la riqueza, juntamente con este modo de virtud, que aquella otra, por ningún caso los consiente. Ésta en nada escrupulea. Tiene buen estómago, con tal que no haya nota ni se sepa. Todo ha de ser en secreto. Aquí veréis juntos aquellos dos imposibles de cielo y tierra juntos, que los sabe lindamente hermanar.
No fué menester más para que se diese por convencido Andrenio. Hízose al punto de su banda. Ya le seguía, ya volaban.
Aguarda, decía Critilo, que te vas á perder.
Mas él respondía:
No quiero montes. Quita allá gigantes. ¿Leones? ¡Guarda!
Iban ya de carrera arrancada. Seguíales Critilo voceando:
Mira que vas engañado.
Y él respondía:
¡Vivir!, ¡vivir!, ¡virtud holgada!, ¡bondad al uso!
Seguidme, seguidme, repetía el falso Ermitaño, que éste es el atajo del vivir; que lo demás es un morir continuado.
Fuélos introduciendo por un camino encubierto y aun solapado entre arboledas y ensenadas, y al cabo de un laberinto con mil vueltas y revueltas dieron en una gran casa, harto artificiosa, que no fué vista hasta que estuvieron en ella. Parecía convento en el silencio y todo el mundo en la multitud. Todo era callar y obrar, hacer y no decir. Que aun campana no se tañía, por no hacer ruido: no se dé campanada. Era tan espaciosa y había tanta anchura, que cabrían en ella más de las tres partes del mundo y bien holgadas.
Casa á obscuras.
Estaba entre unos montes, que la impedían el sol, coronada de árboles tan crecidos y tan espesos, que la quitaban la luz con sus verduras.
¡Qué poca luz tiene este convento!, dijo Andrenio.
Así conviene, respondió el Ermitaño: que donde se profesa tal virtud no convienen lucimientos.
Estaba la puerta patente y el portero muy sentado, por no cansarse en abrir. Tenía calzados unos zuecos de conchas de tartugas, desaliñadamente sucio y remendado.
Éste, dijo Critilo, á ser hembra, fuera la pereza.
¡Oh, no!, dijo el Ermitaño. No es, sino el sosiego. No nace aquello de dejamiento, sino de pobreza; no es suciedad, sino desprecio del mundo.
Saludóles, dando gracias de su linda vida. Intimóles luego, sin moverse, con un gancho, un letrero, que estaba encima de la puerta y decía con unas letras góticas:
Silencio.
Y comentóseles el Ermitaño:
Vivir de tramoya.
Quiere decir que de aquí adentro no se dice lo que se sienp. 7te, nadie habla claro; todos se entienden por señas, aquí callar y callemos.
Entraron en el claustro; pero muy cerrado: que es lo más cómodo para todos tiempos.
Iban ya encontrando algunos, que en el hábito parecían monjes y era, aunque al uso, bien extraño. Por defuera lo que se veía era de piel de oveja; Capa de virtud.mas por dentro lo que no se parecía era de lobos novicios, que quiere decir rapaces. Notó Critilo que todos llevaban capa y buena.
Es instituto, dijo el Ermitaño: no se puede deponer jamás ni hacer cosa, que no sea con capa de santidad.
Yo lo creo, dijo Critilo, y aun con capa de lastimarse. Está aquél murmurando de todo, con capa de corregir se venga el otro. Con capa de disimular permite éste que todo se relaje. Con capa de necesidad hay quien se regala y está bien gordo. Con capa de justicia es el juez un sanguinario. Con capa de celo todo lo malea el envidioso. Con capa de galantería anda la otra libertada.
Aguarda, dijo Andrenio. ¿Quién es aquella que pasa con capa de agradecimiento?
¿Quién ha de ser, sino la Simonía y aquella otra la Usura paliada?
Con capa de servir á la República y al bien público se encubre la ambición.
¿Quién será aquel, que toma la capa ó el manto para ir al sermón á visitar el santuario? Parece el Festejo.
El mismo.
¡Oh maldito sacrílego!
Con capa de ayuno ahorra la avaricia, con capa de gravedad nos quiere desmentir la grosería. Aquél, que entra allí, parece que lleva capa de amigo y realmente lo es y aun con la de pariente se introduce el adulterio.
Éstos, dijo el Ermitaño, son de los milagros que obra cada día esta superiora, haciendo que los mismos vicios pasen plaza de virtudes y que los malos sean tenidos por buenos y aun por mejores. Los que son unos demonios hace que parezcan unos angelitos y todo con capa de virtud.
Basta, dijo Critilo. Que desde que al mismo Justo le sortearon la capa los malos, ya la tienen por suerte: andan con capa de virtud, queriendo parecer al mismo Dios y á los suyos.
¿No notáis, dijo el falso Ermitaño y verdadero embustero, qué ceñidos andan todos, cuando menos ajustados?
Sí; dijo Critilo; pero con cuerda.
Eso es lo bueno, respondió, para hacer bajo cuerda cuanto quieren y todo va bajo manga. No se les ven las manos, tanto es su recato.
No sea, replicó Critilo, que tiren la piedra y escondan la mano. ¿No veis aquel bendito, qué fuera del mundo anda? ¡Qué metido va, pues no piensa en cosa suya, sino en las ajenas! Que no tiene cosa propia. No se le ve la cara, no es lo mejor lo descarado. Á nadie mira á la cara y á todos quita el sombrero. Anda descalzo por no ser sentido, tan enemigo es de buscar ruido.
¿Quién es el tal?, preguntó Andrenio. ¿Es profeso?
Sí, con que cada día toma el hábito y es muy bien diciplinado. Dicen que es un arrapaaltares, por tener mucho de Dios. Hace una vida extravagante. Toda la noche vela, nunca reposa. No tiene cosa ni casa suya y así es dueño de todas las ajenas. Y sin saber cómo ni por dónde, se entra en todas y se hace luego dueño dellas. Es tan caritativo, que á todos ayuda á llevar la ropa y cuantos topa, las capas, y así le quieren de modo, que, cuando se parte de alguna, todos quedan llorando y nunca se olvidan dél.
Ladrón centimano.
Éste, dijo Andrenio, con tantas prendas ajenas más me huele á ladrón, que á monje.
Ahí verás el milagro de nuestra Hipocrinda, que siendo lo que tú dices, le hace parecer un bendito. Tanto, que está ya consultado en un gran cargo, en competencia de otro de casa de Virtelia, y se tiene por cierto que le ha de hurtar la bendición. Y cuando no, trata de irse á Aragón, donde muera de viejo.
¡Qué lucido está aquel otro!, dijo Critilo.
Es honra de la penitencia, respondió el Ermitaño, y aunque tan bueno, no puede tenerse en pie ni acierta á dar un paso.
Bien lo creo, que no andará muy derecho.
Pues sabed que es un hombre muy mortificado: nadie le ha visto comer jamás.
Eso creeré yo: que á nadie convida, con ninguno parte; todo es predicar ayuno y no miente. Que en habiéndose comido un capón, con verdad dice: ay uno. Yo juraré por él que en muchos años no se ha visto un pecho de perdiz en la boca.
Y yo también.
Y tras toda esta austeridad, que usa consigo, es muy suave.
Así lo entiendo: suave de día y su ave de noche. ¿Mas cómo está tan lucido?
Ahí verás la buena conciencia. Tiene buen buche, no se ahoga con poco ni se ahita con cosillas. Engorda con la merced de Dios y así todos le echan mil bendiciones. Pero entremos en su celda, que es muy devota.
Recibiólos con mucha caridad y franqueóles una alhacena no tan á secas, que no fuese de regadío, dando fruto de dulces, perniles y otros regalos.
¿Así se ayuna?, dijo Critilo.
Y así hay una gentil bota, respondió el Ermitaño. Éstos son los milagros desta casa, que siendo éste antes tenido por un Epicuro, en tomando tan buena capa, se ha trocado de modo, que compite con un Macario. Y es tanta verdad ésta, que antes de mucho le veréis con una dignidad.
¿También hay soldados cofadres de la apariencia?, preguntó Andrenio.
Y son los mejores, respondió el Ermitaño. Tan buenos cristianos, que aun al enemigo no le quieren hacer mala cara, conp. 10 que no le querrían ver. Soldado hipócrita.¿No ves aquél? Pues, en dando un Santiago, se mete á peregrino. En su vida se sabe que haya hecho mal á nadie. No tengan miedo que él beba de la sangre de su contrario. Aquellas plumas, que tremola, yo juraría que son más de Santo Domingo de la Calzada, que de Santiago. El día de la muestra es soldado y el de la batalla, Ermitaño. Más hace él con un lanzón, que otros con una pica. Sus armas siempre fueron dobles. Desde que tomó capa de valiente, es un Ruy Díaz atildado. Es de tan sano corazón, que siempre le hallarán en el cuartel de la salud. No es nada vanaglorioso y así suele decir que más quiere escudos, que armas. En dando un espaldar al enemigo, acude al consejo con un peto y así es tenido por un buen soldado, muy aplaudido y en competencia de dos Bernardos está consultado en un generalato. Y dicen que él será el hombre y los otros se lo jugarán. Que aquí más importa el parecer, que el ser.
Sabiduría aparente.
Aquel otro es tenido por un pozo de sabiduría, más honda que profunda. Y él dice que en eso está su gozo. Aquí más valen testos, que testa. Nunca se cansa de estudiar. Su mayor conceto dice ser el que dél se tiene y aun todos los ajenos nos vende por suyos, que para eso compra los libros. De letras, menos de la mitad basta y lo demás de fortuna. Que el aplauso más ruido hace en vacío. Y al fin, más fácil es y menos cuesta el ser tenido por docto, por valiente y por bueno, que el serlo.
¿De qué sirven, preguntó Andrenio, tantas estatuas como aquí tenéis?
¡Oh!, dijo el Ermitaño, son ídolos de la imaginación, fantasmas de la apariencia. Todas están vacías y hacemos creer que están llenas de sustancia y solidez. Métese uno por dentro en la de un sabio y húrtale la voz y las palabras; otro en la de un señor y á todos manda y todos sin réplica le obedecen, pensando que habla el poderoso y no es sino un vergante. Ésta tiene la nariz de cera, que se la tuercen y retuercen como quiep. 11ren la información y la pasión, ya al derecho, ya al siniestro, y ella pasa por todo. Mirad bien, reparad en aquel ministro de Justicia, ¡qué celoso, qué justiciero se muestra! No hay alcalde Ronquillo rancio ni fresco Quiñones, que le llegue. Con nadie se ahorra y con todos se viste, á todos les va quitando las ocasiones del mal, para quedarse con ellas. Siempre va en busca de ruindades y con ese título entra en todas las casas ruines libremente, desarma los valientes y hace en su casa una armería. Destierra los ladrones, por quedar él solo. Siempre va repitiendo ¡justicia! mas no por su casa. Y todo esto con buen título y aun colorado.
Vieron otros dos, que con nombre de celosos eran dos grandísimos impertinentes. Todo lo querían remediar y todo lo inquietaban, sin dejar vivir á nadie, diciendo se perdía el mundo y ellos eran los más perdidos. Á esta traza iban encontrando raros milagros de la apariencia, estrañas maravillas de la hipocresía, que engañaran á un Ulises.
Oficina de hipócritas.
Cada día acontece, ponderaba el Ermitaño, salir de aquí un sujeto, amoldado en esta oficina, instruído en esta escuela, en competencia de otro de aquella de arriba, de la verdadera y sólida virtud, pretendiendo ambos una dignidad, y parecer éste mil veces mejor, hallar más favor, tener más amigos y quedarse el otro corrido y aun cansado. Porque los más en el mundo no conocen ni examinan lo que cada uno es; sino lo que parece. Y creedme que de lejos tanto brilla un claveque como un diamante. Pocos conocen las finas virtudes ni saben distinguirlas de las falsas. Veis allí un hombre más liviano que un bofe y parece en lo exterior más grave que un presidente.
¿Cómo es eso?, dijo Andrenio. Que querría aprender esta arte de hacer parecer. ¿Cómo se hacen estos plausibles milagros?
Yo os lo diré. Aquí tenemos variedad de formas para amoldar cualquier sujeto, por incapaz que sea, y ajustarle de pies á cabeza. Arte
de artimaña.Si pretende alguna dignidad, le hacemos luego cargado de espaldas; si casamiento, que ande más derecho que un huso; y, aunque sea un chisgaravís, le hacemos que muestre autoridad, que ande á espacio, hable pausado, arquee las cejas, pare gesto de ministro y de misterio, y para subir alto, que hable bajo. Ponémosle unos antojos, aunque vea más que un lince, que autorizan grandemente. Y más, cuando los desenvaina y se los calza en una gran nariz y se pone á mirar de á caballo, hace estremecer los mirados.
Á más desto tenemos muchas maneras de tintes, que de la noche á la mañana transfiguran las personas, de un cuervo en un cisne callado y que, si hablare, sea dulcemente, palabras confitadas. Si tenía piel de víbora, le damos un baño de paloma, de modo, que no muestre la hiel, aunque la tenga, ni se enoje jamás, porque se pierde en un instante de cólera cuanto se ha ganado de crédito y de juicio en toda la vida. Mucho menos muestre asomo de liviandad ni en el dicho ni en el hecho.
Vieron uno, que estaba escupiendo y haciendo grandes ascos.
¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio.
Acércate y le oirás decir mucho mal de las mujeres y de sus trajes.
Cerraba los ojos por no verlas.
Éste sí, dijo el Ermitaño, que es cauto.
Más valiera casto, replicó Critilo. Que desta suerte abrasan muchos el mundo en fuego de secreta lujuria. Introdúcense en las casas como golondrinas, que entran dos y salen seis.
Mas ahora, que hemos nombrado mujeres, díme, ¿no hay clausura para ellas? Pues de verdad, que pueden profesar de enredo.
Sí le hay, dijo el Ermitaño. Convento hay y bien malignante: Dios nos defienda de su multitud. Aquí están de parte.
Y asomóles á una ventana para que viesen de paso, no de propósito, su proceder. Vieron ya unas muy devotas, aunqueno de San Lino ni de San Hilario, que no gustan de devociones al uso, sí de San Alejos y de toda romería.
Aquélla, que allí se aparece, dijo el Ermitaño, es la viuda recatada, que cierra su puerta al Ave María. Mira la doncella, qué puesta en pretina, no sea en cinta. Profesas
de enredo.Aquella otra es una bella casada. Tiénela su marido por una santa y ella le hace fiestas, cuando menos de guardar. Á esta otra nunca le faltan joyas, porque ella lo es buena. Á aquélla la adora su marido: será porque lo dora. No gusta de galas, por no gastar la hacienda, y gástale la honra. De aquélla dice su marido que metería las manos en un fuego por ella. Más valiera que las pusiera en ella y apagara el de su lujuria.
Estaba una riñendo unas criadas pequeñas, porque brujuleó no sé qué ceños, y ella con mayor decía:
En esta casa no se consiente ni aun el pensamiento.
Y repetía entre dientes la criada el eco. Desta otra anda siempre predicando su madre lo que ella no se confiesa. Decía otra buena madre de su hija:
Es una bienaventurada.
Y era así, que siempre quisiera estar en gloria.
¿Cómo están tan descoloridas aquéllas?, reparó Andrenio.
Y el Ermitaño:
Pues no es de malas; sino de puro buenas. Son tan mortificadas, que echan tierra en lo que comen, no sea barro. Mira qué celosas se muestran éstas; más valiera celadas.
¿Nunca llegamos, dijo Critilo, á ver esta virtud acomodada, esta prelada suave, esta plática bondad?
No tardaremos mucho, respondió el Ermitaño: que ya entramos en el refitorio, donde estará sin duda haciendo penitencia.
Fueron entrando y descubriendo cuerpo y cuerpo y más cuerpo, al fin una mujer toda carne y nada espíritu. Tenía el gesto estragado; mas no el gusto, desmentidor del regalo.
Engañamundo.
Y cuanto más amarillo, dice que tiene mejor color.
Hasta el rosario era de palo santo y tenía por estremo, que siempre anda por ellos, una muerte para darse mejor vida. Estaba sentada, que no podía tenerse en pie, equivocando regüeldos con suspiros, muy rodeada de novicios del mundo, dándoles liciones de saber vivir.
No me seáis simples, les decía; aunque lo podéis mostrar. Que es gran ciencia saber mostrar no saber. Sobre todo os encomiendo el recato y el no escandalizar.
Ponderábales la eficacia de la apariencia.
Aquí está todo en el bienparecer, que ya en el mundo no se atiende á lo que son las cosas; sino á lo que parecen. Porque, mirad, decía, unas cosas hay que ni son ni lo parecen y ésa es ya necedad. Que, aunque no sea de ley, procure parecerlo. Otras hay que son y lo parecen y eso no es mucho. Otras que son y no parecen y ésa es la suma necedad. Pero el gran primor es no ser y parecerlo. Eso sí que es saber. Cobrad opinión y conservadla, que es fácil. Que los más viven de crédito. No os metáis en estudiar; pero alabaos con arte. Todo médico y letrado han de ser de ostentación. Mucho vale el pico: que hasta un papagayo, porque le tiene, halla cabida en los palacios y ocupa el mejor balcón. Mirá que os digo que, si sabéis vivir, os sabréis acomodar y sin trabajo alguno, sin que os cueste cosa. Sin sudar ni reventar, os he de sacar personas. Por lo menos que lo parezcáis, de modo, que podáis ladearos con los más verdaderos virtuosos, con el más hombre de bien. Y si no, tomad ejemplo en la gente de autoridad y de experiencia y veréis lo que han aprovechado con mis reglas y en cuán grande predicamento están hoy en el mundo ocupando los mayores puestos.
Estaba tan admirado Andrenio, cuan pagado de tan barata felicidad, de una virtud tan de balde, sin violencias, sin escalar montañas de dificultades, sin pelear con fieras, sin correr agua arriba, sin remar ni sudar. Trataba ya de tomar el hábito de una buena capa, para toda libertad y profesar de hipócrita, cuando Critilo, volviéndose al Ermitaño, le preguntó:
Díme, por tu vida larga, si no buena, ¿con esta virtud fingida miremos nosotros conseguir la felicidad verdadera?
¡Oh, pobre de mí!, respondió el Ermitaño: en eso hay mucho que decir. Quédese para otra sitiada.
CRISI VIII. Armería del valor
Estando ya sin virtud el Valor, sin fuerzas, sin vigor, sin brío á punto de espirar, dícese que acudieron allá todas las naciones, instándole hiciese testamento en su favor y les dejase sus bienes.
No tengo otros, que á mí mismo, les respondió. Testamento
del valor.Lo que yo os podré dejar será este mi lastimoso cadáver, este esqueleto de lo que fuí. Id llegando, que yo os lo iré repartiendo.
Fueron los primeros los italianos, porque llegaron primeros pidieron la testa.
Yo os la mando, dijo. Seréis gente de gobierno, mandaréis el mundo á entrambas manos.
Inquietos los franceses, fuéronse entremetiendo y, deseosos de tener mano en todo, pidieron los brazos.
Temo, dijo, que, si os los doy, habéis de inquietar todo el mundo. Seréis activos, gente de brazo. No pararéis un punto. Malos sois para vecinos.
Pero los ginoveses de paso les quitaron las uñas, no dejándoles ni con qué asir ni con qué detener las cosas. Pero á los españoles les han dado tan valientes pellizcos en su plata, que no hiciera más una bruja, chupándoles la sangre, cuando más dormidos.
Item más, dejo el rostro á los ingleses. Seréis lindos, unos ángeles; mas temo que, como las hermosas, habéis de ser fácip. 16les en hacer cara á un Calvino, á un Lutero y al mismo diablo. Sobre todo, guardaos no os vea la vulpeja, que dirá luego aquello de ¡hermosa fachata, mas sin cerebro!
Muy atentos los venecianos, pidieron los carrillos. Riéronse los demás; pero el Valor:
No lo entendéis, les dijo: dejad, que ellos comerán con ambos y con todos.
Mandó la lengua á los sicilianos y, habiendo duda entre ellos y los napolitanos, declaró que á las dos Sicilias. Á los irlandeses el hígado. El talle á los alemanes.
Seréis hombres de gentil cuerpo; pero mirá que no lo estiméis más que el alma.
La melsa á los polacos, el liviano á los moscovitas. Todo el vientre á los flamencos y holandeses.
Con tal que no sea vuestro Dios.
El pecho á los suecos. Las piernas á los turcos, que con todos pretenden hacerlas y, donde una vez meten el pie, nunca más lo levantan.
Las entrañas á los persas, gente de buenas entrañas.
Á los africanos los huesos, que tengan que roer, como quien son.
Las espaldas á los chinos, el corazón á los japoneses, que son los españoles del Asia, y el espinazo á los negros. Manda á los Españoles.Llegaron los últimos los españoles, que habían estado ocupados en sacar huéspedes de su casa, que vinieron de allende á echarlos de ella.
¿Qué nos dejas á nosotros?, le dijeron:
Y él:
Tarde llegáis: ya está todo repartido.
¿Pues á nosotros, replicaron, que somos tus primogénitos qué menos que un mayorazgo nos has de dejar?
No sé ya qué daros. Si tuviera dos corazones, vuestro fuera el primero; pero mirá, lo que podéis hacer es que, pues todas las naciones os han inquietado, revolved contra ellas y lo que Roma hizo antes, haced vosotros después: dad contra todas, repelad cuanto pudiéredes, en fe de mi permisión.
No lo dijo á los sordos. Hanse dado tan buena maña, que apenas hay nación en el mundo, que no la hayan dado su pellizco, y á pocos repelones se hubieran alzado con todo el Valor de pies á cabeza.
Esto les iba exagerando á Critilo y Andrenio á la salida de Francia por la Picardía un hombre, que lo era y mucho. Pues, así como tienen unos cien ojos para ver y otros cien manos para obrar, éste tenía cien corazones para sufrir y todo él era corazón.
¿Saldréis, decía, con cariño de la Francia?
No por cierto, le respondieron, cuando sus mismos naturales la dejan y los estranjeros no la buscan.
Francia definida.
¡Gran provincia!, dijo el de los cien corazones.
Sí, respondió Critilo, si se contentase con sí misma.
¡Qué poblada de gentes!
Pero no de hombres.
¡Qué fértil!
Mas no de cosas sustanciales.
¡Qué llana y qué agradable!
Pero combatida de los vientos, de donde se les origina á sus naturales la ligereza.
¡Qué industriosa!
Pero mecánica.
¡Qué laboriosa!
Pero vulgar.
La provincia más popular, que se conoce. ¡Qué belicosos y gallardos sus naturales!
Pero inquietos: los duendes de la Europa en mar y tierra. Son un rayo en los primeros acometimientos y un desmayo en los segundos.
Son dóciles.
Sí; pero fáciles.
Oficiosos.
Pero despreciables y esclavos de las otras naciones. Emprenden mucho y ejecutan poco y conservan nada. Todo lo emprenden y todo lo pierden.
¡Qué ingeniosos! ¡qué vivos! ¡y qué prontos!
Pero sin fondo.
No se conocen tontos entre ellos.
Ni doctos, que nunca pasan de una medianía.
Es gente de gran cortesía.
Mas de poca fe, que hasta sus mismos Enricos no viven esentos de sus alevosos cuchillos.
Son laboriosos.
Así es, al paso que codiciosos.
No me podéis negar que han tenido grandes reyes.
Pero los más de poquísimo provecho.
Tienen bizarras entradas para hacerse señores del mundo.
¡Pero, qué desairadas salidas! Que, si entran á laudes, salen á vísperas.
Acuden con sus armas á amparar cuantos se socorren de ellas.
Es que son los rufianes de las provincias adúlteras.
¿Son aprovechados?
Sí y tanto, que estiman más una onza de plata, que un quintal de honra. El primer día son esclavos; pero el segundo amos, el tercero tiranos insufribles. Pasan de estremo á estremo sin medio: de humanos á insolentísimos. Tienen grandes virtudes y tan grandes vicios, que no se puede fácilmente averiguar cuál sea el rey, y al fin, ellos son antípodas de los españoles.
Pero decidme, ¿cómo fué aquello del Ermitaño? ¿Qué salida dió á la sagaz pregunta de Critilo?
Confesóme que á la virtud aparente no le corresponde premio sólido ni verdadero. Que bien se les puede echar dado falso á los hombres; pero que Dios no es reído. Oyendo esto, hicímonos del ojo y, en viendo la nuestra, tratamos de colgar el mal hábito de fingidos y saltar las bardas de la vil hipocresía.
¡Oh, qué bien hicistes! Porque el gozo del hipócrita no dura un instante entero, es como un punto. Entended una verdad, que de cien leguas se conoce la que es verdadera virtud ó falsa. Está ya muy despabilada la advertencia. Luego le conocen á uno de qué pie se mueve y de cuál cojea. Al paso que el engaño anda metafísico, también la cautela sutil le va á los alcances, y por más capa que tome de bondad, no se le escapa de vicio. La virtud sólida y perfecta es la que puede salir á vistas del cielo y de la tierra. Ésa la que vale y dura, que es tenida por clara y por eterna. La bellísima Virtelia es la que importa buscar y no parar hasta hallarla; aunque sea pasando por picas y por puñales, que ella os encaminará á vuestra Felisinda, en cuya busca toda la vida vais peregrinando.
Animábales mucho á emprender aquel montón de dificultades, que tan acobardado tenía á Andrenio.
Ea, acaba, le decía: que esa tu cobarde imaginación te pinta aquel leonazo del camino muy más bravo de lo que es. Advierte que muchos tiernos mancebos y delicadas doncellitas le han desquijarado.
¿De qué suerte?, preguntó Andrenio.
Armándose primero muy bien y peleando mejor después: que todo lo vence una resolución gallarda.
¿Qué armas son ésas y dónde las hallaremos?
Venid conmigo, que yo os llevaré donde las podréis escoger, si no al gusto, al provecho.
Íbanle ya siguiendo y razonando.
¿Qué importa, decía, sobren armas, si falta el Valor? Eso, más sería llevarlas para el enemigo.
¿De modo, que ya finó el Valor?, preguntó Critilo.
Sí, ya acabó, respondió él. Ya no hay Hércules en el mundo, que sujeten monstruos, que deshagan entuertos, agravios y tiranías; que las hagan, sí; que las conserven, también, obrando cien mil monstruosidades cada día. Un solo Caco había enp. 20tonces, un embustero sólo, un ladrón en toda una ciudad; y ahora en cada esquina hay el suyo y cada casa es su cueva. Muchos Anteos, hijos del siglo, nacidos del polvo de la tierra. ¡Pues harpías agarradoras, hidras de siete cabezas y de siete mil caprichos, jabalís de su torpeza, leones de su soberbia! Todo está hirviendo de monstruos adocenados, sin hallarse ya quien tenga valor para pasar las columnas de la fortaleza y fijarlas en los fines de los humanos intentos, poniendo término á sus quimeras.
El valor apurado.
¡Qué poco duró el Valor en el mundo!, dijo Andrenio.
Poco: que el hombre valiente y aquellas sus camaradas nunca duran mucho.
¿Y de qué murió?
De veneno.
¡Qué lástima!
Si fuera en una inmortal, por tan mortal, batalla de Norlinguen, en un sitio de Barcelona, pase: que un buen fin toda la vida corona; ¿pero de veneno? ¡Hay tal fatalidad! ¿Y en qué se le dieron?
En unos polvos más letíferos, que los de Milán; más pestilentes, que los de un royo, de un malsín, de un traidor, de una madrastra, de un cuñado y de una suegra.
¿Diráslo porque estos valientes siempre acaban levantando polvaredas, que paran en lodos de sangre?
No; sino con toda realidad digo que la malicia humana se ha adelantado de modo, que no deja de obrar á los venideros. Ella ha inventado ciertos polvos tan venenosos y tan eficaces, que han sido la peste y la ruina de todos los grandes hombres. Y desde que éstos corren y aun vuelan, no ha quedado hombre de valor en el mundo. Con todos los famosos han acabado. No hay que tratar ya de Cides ni de Roldanes, como en otros tiempos. Fuera ahora Hércules juguete, viviera Sansón de milagro. Dígoos que han desterrado del mundo la valentía y la braveza.
¿Y qué polvos son esos tan traidores?, preguntó Critilo. ¿Son acaso de basiliscos molidos? ¿De entrañas de víboras destiladas? ¿De colas de escorpiones? ¿De ojos envidiosos ó lascivos? ¿De intenciones torcidas? ¿De voluntades malévolas? ¿De lenguas maldicientes? ¿Hase vuelto á quebrar otra redomilla en Delfos, apestando toda la Asia?
Aún son peores y, aunque dicen componerse de aquel alcrebite infernal, del salitre estigio y de carbones alentados á esternudos del demonio; pero yo digo que del corazón humano, que excede á la intratabilidad de las Furias, á la inexorabilidad de las Parcas, á la crueldad de la guerra, á la tiranía de la muerte. Que no puede ser otro una invención tan sacrílega, tan execrable, tan impía y tan fatal, Estragos de la pólvora.como es la pólvora, dicha así, porque convierte en polvo el género humano. Ésta ha acabado con los Héctores de Troya, con los Aquiles de Grecia, con los Bernardos de España. Ya no hay corazón ni valen fuerzas ni aprovecha la destreza. Un niño derriba un gigante, un gallina hace tiro á un león y al más valiente el cobarde, con que ya ninguno puede lucir ni campear.
Antes ahora, dijo Critilo, he oído ponderar que está más adelantado el valor, que antes. Porque ¿cuánto más corazón es menester para meterse un hombre por cien mil bocas de fuego? ¿Cuánto más ánimo para esperar un torbellino de bombardas, hecho terrero de rayos? Ése sí que es valor; que todo lo antiguo fué niñería. Ahora está el valor en su punto, que es en un corazón intrépido; que entonces en un buen brazo, en tener más fuerza que un gañán, en los jarretes de un salvaje.
Engáñase de barra á barra quien tal dice. ¡Qué dictamen tan exótico y errado! Temeridad
valerosa.Pues ése, que él celebra, no es valor ni lo conoce; no es sino temeridad y locura, que es muy diferente.
Ahora digo, confirmó Andrenio, que la guerra es para temerarios y aun por eso diría aquel gran hombre, tan celebrado de prudente en España, en la primera batalla y la última en que se halló, oyendo zumbir las balas:
¿Es posible, que desto gustaba mi padre?
Y hanle seguido muchos, confirmándose en su opinión tan segura. Siempre oí decir que desde que riñeron la Valentía y la Cordura, nunca más han hecho paz. Aquélla salió de sus casillas á campaña y ésta se apeló el juicio.
No tienes razón, dijo el Valeroso. ¿Qué hiciera la fortaleza, sin la prudencia? Que por eso en la varonil edad está en su sazón, y del valor tomó el renombre de varonil. Es en ella valor lo que en la mocedad audacia y en la vejez recelo. Aquí está en un medio muy proporcionado.
Armería victoriosa.
Llegaron ya á una gran casa, tan fuerte como capaz. Dieron y tomaron el nombre: que aquí se cobra la fama. Entraron dentro y vieron un espectáculo de muchas maravillas del valor, de instrumentos prodigiosos de la fortaleza. Era una armería general de todas armas antiguas y modernas, calificadas por la experiencia y á prueba de esforzados brazos, de los más valientes hombres, que siguieron los pendones marciales. Fué gran vista lograr juntos todos los trofeos del valor, espectáculo bien gustoso y gran empleo de la admiración.
Acercaos, decía, reconocé y estimá tanto y tan ejecutivo portento de la fama.
Pero salteóle de pronto un intensísimo sentimiento á Critilo, que le apretó el corazón hasta exprimirle por los ojos. Reparando en ello el Valeroso, solicitó la causa de su pena y él:
¿Es posible, dijo, que todos esos fatales instrumentos se forjaron contra una tan frágil vida? Si fuera para conservarla, estuviera bien: merecían toda recomendación; ¿pero para ofendella y destruilla, contra una hoja, que se la lleva el viento, tantas hojas afiladas ostentan su potencia? ¡Oh, infelicidad humana, que haces trofeo de tu misma miseria!
Señor, los filos deste alfanje cortaron el hilo de la vida á un famoso rey don Sebastián, digno de la vida de cien Néstores. Este otro, la del desdichado Ciro, rey de Persia. Esta saeta fué la que atravesó el lado al famoso rey don Sancho de Aragón y esta otra al de Castilla.
¡Malditos sean tales instrumentos y execrable su memoria! No los vea yo de mis ojos. Pasemos adelante.
Esta tan luciente espada, dijo el Valeroso, fué la celebrada de Jorge Castrioto y esta otra del marqués de Pescara.
Déjamelas ver muy á mi gusto.
Y después de bien miradas, dijo:
No me parecen tan raras como yo pensaba. Poco se diferencian de las otras. Muchas he visto yo de mejor temple y no de tanta fama.
Trofeos del valor.
Es que no ves los dos brazos, que las movían, que en ellos consistía la braveza.
Vieron otras dos, todas teñidas en sangre desde la punta al pomo, muy parecidas.
Estas dos están de competencia. ¿Cuál venció más batallas campales y cúyas son?
Ésta es del rey don Jaime el Conquistador y esta otra del Cid castellano.
Yo me atengo á la primera, como más provechosa y quédese el aplauso para la segunda, más fabulosa. ¿Dónde está la de Alejandro Magno, que deseo mucho verla?
No os canséis en buscarla, que no está aquí.
¿Cómo no, habiendo conquistado todo un mundo?
Porque no tuvo valor para vencerse á sí, mundo pequeño: sujetó toda la India; mas no su ira. Tampoco hallaréis la de César.
¿Ésa no, cuando yo creí fuera la primera?
Tampoco, porque gastó más sus aceros contra los amigos y segó las cabezas más dignas de vida.
Algunas hay aquí, que, aunque buenas, parecen quedar cortas.
No dijera eso el conde de Fuentes, á quien ninguna le pareció corta, con avanzarse, decía, un paso más al contrario. Estas tres son de los famosos franceses, Pepino, Carlo Magno y Luis Nono.
¿No hay más francesas?, preguntó Critilo.
No sé yo que haya más.
Pues ¿habiendo habido en Francia tan insignes reyes, tantos Pares sin par y tan valerosos Mariscales? ¿Dónde están las de los dos Virones? ¿La del grande Enrico Cuarto? ¿Cómo no más de tres?
Porque esas tres solas emplearon su valor contra los moros; todas las demás contra cristianos.
Muy metida en su vaina vieron una, cuando todas las otras estaban desnudas, ya brillantes, ya sangrientas. Riéronlo mucho; mas el Valeroso:
De verdad, dijo, que es heroica y llamada por antonomasia la grande.
¿Cómo no está desnuda?
Porque el Gran Capitán, su gran dueño, decía que la mayor valentía de un hombre consistía en no empeñarse ni verse obligado á sacarla.
Tenía otra muy brillante contera de oro fino y dijo:
Ésta fué la que echó á su vitoriosa espada el marqués de Leganés, derrotando al Invencible vencido.
Deseó Andrenio saber cuál había sido la mejor espada del mundo.
No es fácil de averiguar, dijo el Valeroso; pero yo diría, que la del rey Católico don Fernando.
¿Y por qué no la de un Héctor, de un Aquiles, replicó Critilo, más célebres y plausibles, por tan decantadas de los poetas?
La mejor espada.
Yo lo confieso, respondió; pero ésta, no tan ruidosa, fué más provechosa y la que conquistó la mayor monarquía, que reconocieron los siglos. Esta hoja del Rey Católico y aquel arnés del rey Filipo el Tercero pueden salir dondequiera que haya armas: aquélla para adquirir y éste para conservar.
¿Cuál es ese arnés tan heroico de Filipo?
Mostróles uno todo escamado de doblones y reales de á ocho alternados y ajustados unos sobre otros como escamas, haciendo una ricamente hermosa vista.
Éste, dijo el Valeroso, fué el más eficaz, el más defensivo de cuantos hubo en el mundo.
¿En qué guerra lo vistió su gran dueño, que nunca tuvo ocasión de armarse ni se vió jamás obligado á pelear?
Antes fué para no pelear, para no tener ocasión. En fe déste, después de la asistencia del cielo, conservó su grande y dichosa monarquía sin perder una almena. Que es mucho más el conservar, que el conquistar. Y así decía uno de sus mayores ministros:
Quien posee no pleitee y quien está de ganancia no baraje.
Entre tantos y tan lucientes aceros campeaba un bastón muy basto; pero muy fuerte. Hízole novedad á Andrenio y dijo:
¿Quién metió aquí este ñudoso palo?
Su fama, respondió el Valeroso: no fué de algún gañán, como tú piensas, sino de un rey de Aragón, llamado el Grande, aquel que fué bastón de franceses, porque los abrumó á palos.
Estrañaron mucho ver dos espadas negras y cruzadas entre tantas blancas, tan matantes.
¿De qué sirven aquí éstas?, dijo Critilo, donde todo va de veras, y, aunque fuesen del bravo Carranza y del diestro Narváez, no merecen este puesto.
No son, dijo, sino de dos grandes príncipes y muy poderosos, que, después de muchos años de guerra y haberse quebrado las cabezas con harta pérdida de dinero y gente, se quedaron como antes, sin haberse ganado el uno al otro un palmo de tierra: de modo, que al cabo más fué juego de esgrima, que guerra verdadera.
Aquí echo menos, dijo Andrenio, las de muchos capitanes muy celebrados, por haber subido de soldados ordinarios á gran fortuna.
¡Oh, dijo el Valeroso!, aquí se hallan y se estiman algunas de ésas. Aquélla es del conde Pedro Navarro, la otra de García de Paredes. Allí está la del Capitán de las Nueces, que fueron más que el ruido de la fama. Y si faltan algunas, es porque fueron más ganchos, que estoques. Que algunos más han triunfado con los oros, que con las espadas.
¿Qué se hizo la de Marco Antonio, aquel famoso romano competidor de Augusto?
Ésa y otras iguales andan por esos suelos hechas pedazos á manos tan flacas como femeniles. Valor justificado.La de Aníbal la hallaréis en Capua, que, habiendo sido de acero, las delicias la ablandaron como de cera.
¿Qué espada es aquella tan derecha y tan valiente, sin torcer á un lado ni á otro, que parece el fiel á las balanzas de la equidad?
Ésa, dijo, siempre hirió por línea recta. Fué del non plus ultra de los Césares, Carlos V, que siempre la desenvainó por la razón y justicia. Al contrario, aquellos corvos alfanjes del bravo Mahometo, de Solimán y Selim, como siempre pelearon contra la fe, justicia, derecho y verdad, ocupando tiránicamente los ajenos estados, por eso están tan torcidos.
Aguarda, ¿qué espada tan dorada es aquella, que tiene por pomo una esmeralda y toda ella está esmaltada de perlas? ¡Qué cosa tan rica! ¿No sabríamos cúya fué?
Ésta, respondió alzando la voz el Valeroso, fué del tan celebrado después, como emulado antes, pero nunca bastantemente ni estimado ni premiado, don Fernando Cortés, Marqués del Valle.
¿Que ésta es?, dijo Andrenio. ¡Cómo me alegro de verla! ¿Y es de acero?
¿Pues de qué había de ser?
Es que yo había oído decir que era de caña, por haber peleado contra indios, que esgrimían espadas de palo y vibraban lanzas de caña.
He, que la entereza de la fama, siempre venció la emulación. Digan lo que quisieren éstos y aquéllos, que ésta con su oro dió aceros á todas las de España y en virtud de ella han cortado las demás en Flandes y en Lombardía.
Vieron ya una tan nueva como lucida, atravesando tres coronas y amagando á otras.
¡Qué espada tan heroicamente coronada!, ponderó Critilo. ¿Y quién es el valeroso y dichoso dueño de ella?
El Señor D. Juan de Austria.
¿Quién ha de ser, sino el moderno Hércules, hijo del Júpiter de España, que va restaurando la monarquía, á corona por año?
¿Qué tridente es aquel, que en medio de las aguas está fulminando fuego?
Es del valeroso duque de Alburquerque, que quiere igualar por la valentía la fama de su gran padre, conseguida en Cataluña por gobierno.
¿Qué arco sería aquel, que está hecho pedazos en el suelo y todos sus arpones rotos y despuntados? En lo pequeño parece juguete de algún rapaz; mas en lo fuerte de algún gigante.
Ése, respondió, es uno de los más heroicos trofeos del Valor.
¿Pues qué gran cosa, replicó Andrenio, rendir un niño y desarmarle? Ésa no la llames hazaña; sino melindre. Miren ¡qué clava de Hércules rompida, qué rayo de Júpiter desmenuzado, qué espada de Pablo de Parada hecha trozos!
¡Oh, sí!, que es muy orgulloso el rapaz y cuanto más desnudo más armado, más fuerte cuando más flaco, más cruel cuando llorando, más certero cuando ciego. Creedme que es gran triunfo vencer al que á todos vence.
Y dínos ¿quién le rindió?
Triunfo de la Castidad.
¿Quién? De mil uno, aquel Fénis de la castidad, un Alfonso, un Filipo, un Luis de Francia. ¿Qué diréis de aquella copa hecha también pedazos, sembrados todos por tierra?
¡Qué otro blasón ése, dijo Andrenio, y más siendo de vidrio!¡Qué gran cosa! Ésas más son hazañas de pajes, de que hacen ciento al día.
Pues de verdad, ponderó el Valeroso, que era bien fuerte el que hacía la guerra con ella y que derribó á muchos. Del más bravo no hacía él más caso que de un mosquito.
¿Qué, estaría hechizada?
No, sino que hechizaba y les trastornaba á muchos el juicio. No dió Circe más bebedizos, que brindó con ésta un viejo.
¿Y en qué transformaba las gentes?
Los hombres en jimios y las mujeres en lobas. Él era un raro veneno, que apuntaba al cuerpo y hería el alma, al vientre, y pegaba en la mente. ¡Oh cuántos sabios hizo prevaricar! Y es lo bueno que todos los vencidos quedaban muy alegres.
Pues bien está por tierra la que á tantos derribó y éste sea el blasón de los españoles.
¿Qué otras armas son aquellas, preguntó Critilo, que se conoce bien su valor en su estimación, El mayor valor.pues están conservadas en armarios de oro?
Éstas, respondió el Valeroso, son las mejores, porque son defensivas.
¡Qué escudos tan bizarros!
Y aun los más son escudos.
¿Este primero parece de cristal?
Sí y, al punto que se carea con el enemigo, le deslumbra y le rinde. Es de la razón y verdad, con que el buen emperador Ferdinando Segundo triunfó del orgullo de Gustavo Adolfo y de otros muchos.
Estos otros tan cortos y tan lunados ¿de quién son? Que parecen de algún alunado capricho.
Éstos fueron de mujeres.
¿De mujeres?, replicó Andrenio. ¿Y aquí, entre tanta valentía?
Sí, que las amazonas sin hombres fueron más que hombres y los hombres entre mujeres son menos que mujeres. Éste que aquí veis dicen está encantado, que por más golpes que le den, por más tiros que le hagan, no le hacen mella ni los mismos reveses de la Fortuna y esto á prueba de la paciencia del mismo don Gonzalo de Córdoba. Repara en aquel tan brillante.
Parece moderno.
Y es impenetrable, del sagaz y valeroso marqués de Mortara, que con su mucha espera y valor ha restaurado á Cataluña. Esta rodela acerada, grabada de tantas hazañas y trofeos, fué del primer conde de Ribagorza, cuyo valor prudente pudo hacerse lugar y aun campear al lado de tal padre y de un tal hermano.
D. Alonso de Aragón.
Dióles curiosidad de entender una letra, que en un escudo decía:
Ó con Este ó en Este.
Ésa fué la noble empresa de aquel gran vencedor de reyes, en que quiso decir que ó con el escudo vitorioso ó en él muerto.
Dióles mucho gusto ver en uno pintado un grano de pimienta por empresa.
¿Cómo lo podrá divisar el enemigo?, dijo Andrenio.
¡Oh!, dijo, que el famoso general Francisco González Pimienta se avanza tanto al enemigo, que le hace ver y aun probar su picante braveza.
Vieron ya uno en forma de corazón.
¿Éste debía ser de algún grande amartelado?, dijo Andrenio.
No fué, sino de quien todo es corazón, hasta el mismo escudo, digo aquel gran descendiente del Cid, heredero de su ínclito valor, el duque del Infantado.
Había una rodela hecha de una materia bien extraordinaria, ni usada ni conocida.
Valerosa prudencia.
Es, dijo, de la oreja de un elefante. Con ésta se armaba de igual valor á su mucha prudencia el marqués de Caracena.
¡Qué brillante celada aquélla!, celebró Critilo.
Sí lo es, dijo el Valeroso, y que celaba bien con ella sus intentos el rey don Pedro de Aragón, de tal arte que, si su misma camisa llegara á rastrearlos, al punto la abrasara.
¿Qué casco es aquel tan capaz y tan fuerte?
Éste fué para una gran testa, no menos que del duque de Alba, hombre de superlativo juicio y que no se dejaba vencer, no sólo de los enemigos, pero ni de los suyos, como Pompeyo en dar la batalla al César contra su propio dictamen.
¿Es por dicha aquel relumbrante yelmo el de Mambrino?
Por lo impenetrable ya pudiera; fué de don Felipe de Silva, de cuya gran cabeza dijo el bravo mariscal de la Mota le daba más cuidado, que seguridad sus pies impedidos de la gota. Mira aquel morrión del marqués Espinola, qué defendido está con el guardanaso de su gran sagacidad, que con la misma verdad deslumbró la atención del vivaz Enrico Cuarto. Todas estas armas son para la cabeza y más de hombres sagaces, que de mancebos audaces; tan importantes, que por eso este archivo es llamado con especialidad el retrete del valor.
Aquí vieron muchas cartas hechas pedazos, esparcidas por el suelo y pisados sus caballos y sus reyes.
Ya me parece, dijo Andrenio, que te oigo exagerar una gran batalla, que aquí se dió, y la gran vitoria conseguida.
Por lo menos no me negarás, replicó el Valeroso, que hubo barajas. Que siempre se componen de espadas y oros y luego andan los palos. ¿No te parece que fué gran valor el de aquel, que, cogiendo entre sus dos manos una baraja, toda junta la tronchó de una vez?
Ése, respondió Andrenio, más parece efecto de las grandes fuerzas de don Gerónimo de Ayanzo, que de un heroico valor.
Por lo menos sería el día de su mayor ganancia, y ten por cierto que no hay valor igual, como escusar las barajas ni hay mejor salida de los empeños, que no empeñarse. ¿Quieres ver la mayor valentía del mundo? Llega y mira esas joyas, esas galas, esa bizarría pisada y hollada en ese duro suelo.
Éste, replicó Andrenio, parece aderezo mujeril. Pues ¿qué gran vitoria fué despojar una femenil flaqueza, triunfar de una bellísima ternura? ¿Qué arneses vemos aquí deshechos, qué yelmos abollados?
Belleza triunfante.
Oh, sí, dijo, que esto fué triunfar de un mundo entero y retirarse al cielo la más aplaudida belleza de una Serenísima Señora Infanta, Sor Margarita de la Cruz, seguida después de Sor Dorotea, gloria mayor de Austria, que dejando de ser ángeles, pasaron á ser serafines en la religión de ellos. También son trofeo de un gran valor esas plumas de pavón esparcidas y estos airones de una altanera garza, penachos de su soberbia, ya despojos de una loca vanidad rendida.
Pero lo que más le satisfizo fué ver hecha pedazos una afilada guadaña.
Éste, sí, que es triunfo, exclamaron. ¡Que haya valor en un moro cristiano y en una reina María Estuarda, para despreciar la misma muerte!
Trataron ya de armarse los dos conquistadores del monte de Virtelia. Iban escogiendo armas valientes, espadas de luz y de verdad, que á fuer de eslabones fulminasen rayos; escudos impenetrables de sufrimiento, yelmos de prudencia, arneses de fortaleza invencible. Y sobre todo el cuerdamente Valeroso les revistió muchos y generosos corazones, que no hay mayor compañía en los aprietos. Viéndose Andrenio tan bien armado, dijo:
Ya no hay que temer.
Sólo lo malo, le respondió, y lo injusto.
Daba demostraciones de su gran gozo Critilo.
Con razón, le dijo, te alegras, pues, aunque concurran en un varón todas las demás ventajas de sabiduría, nobleza, gracia de las gentes, riqueza, amistad, inteligencia, si el valor no las acompaña, todas quedan estériles, frustradas. Sin valor nada vale, todo es sin fruto. Poco importa que el consejo dicte, la prudencia prevenga, si el valor no ejecuta. Por eso la sabia naturaleza dispuso que el corazón y el celebro en la formación del hombre comenzasen á la par, para que fuesen juntos el el pensar y el obrar.
Esto les estaba ponderando, cuando de repente interrumpió su discurso una viva arma, que se comenzó á tocar por todas partes. Acudieron prontos á tomar las armas y á ocupar sus puestos. Lo que fué y lo que les sucedió nos dirá la Crisi siguiente.
CRISI IX. Anfiteatro de monstruosidades
Pasaba un río y río de lo que pasa entre márgenes opuestas, coronada de flores la una y de frutos la otra; prado aquélla de deleites, así como ésta de seguridades. Escondíanse allí entre las rosas las serpientes, entre los claveles los áspides, y bramaban las hambrientas fieras, rodeando á quien tragarse. En medio de tan evidentes riesgos estaba descansando un hombre, si lo es un necio. Pues pudiendo pasar el río y meterse en salvo de la otra parte, se estaba muy descuidado, cogiendo flores, coronándose de rosas y de cuando en cuando volviendo la mira á contemplar el río y ver correr sus cristales.
Dábale voces un cuerdo, acordándole su peligro y convidándole á pasarse de la otra banda, con menos dificultad hoy que mañana. Mas él muy á lo necio respondía que estaba esperando acabase de correr el río, para poderle pasar sin mojarse.
Oh, tú, que haces mofa del fabulosamente necio, advierte que eres el verdadero, tú eres el mismo de quien te ríes: tanta y tan solemne es tu demencia, pues instándote que dejes los riesgos del vicio y te acojas á la banda de la virtud, respondes que aguardas acabe de pasar la corriente de los males.
Escusa vulgar.
Si le preguntáis al otro por qué no acaba de ajustarse con la razón, responde que está aguardando pase el arrebatado torrente de sus pasiones: que no quiere comenzar el camino de la virtud hoy, si ha de volver al del vicio mañana.
Si le acordáis á la otra sus obligaciones, la afrenta que causa á los propios y la murmuración á los extraños, dice que corre con todas, que así se usa, que con más edad tendrá más cordura.
Consuélase aquél de no estudiar y dice que no piensa cansarse, pues no se premian letras ni se estiman méritos.
Escúsase éste de no ser hombre de sustancia, diciendo que no hay quien lo sea. Todo está perdido, que no se usa la virtud; todos engañan, adulan, mienten, roban y viven de artificio. Y déjase arrebatar de la corriente de la maldad.
El juez se lava las manos de que no hace justicia, con que todo está rematado y no sabe por dónde comenzar. Así que todos aguardan á que amaine el ímpetu de los vicios, para pasarse á la banda de la virtud. Mas es tan imposible el cesar los males, el acabarse los escándalos en el mundo, mientras haya hombres, como el parar los ríos; lo acertado es poner el pecho al agua y con denodado valor pasar de la otra banda al puerto de una seguridad dichosa.
Peleando estaban ya los dos valerosos guerreros, que no es otra cosa la vida humana, que una milicia á la malicia, Milicia
contra malicia.y á esto les habían tocado arma trecientos monstruos, causa deste rebato, que con los rayos de la razón descubrieron sus ardides; las atalayas en atenciones avisaron á los fuegos de su celo y éste al valor de ambos, que denodadamente los fueron persiguiendo y retirando, tanto, que llevados de su ardor en el alcance, se hallaron á las puertas de un hermosísimo palacio, primer fábrica del mundo, el más artificioso y bienlabrado, que jamás vieron, aunque habían admirado tantos. Ocupaba el centro de un ameno prado, con ambiciones de paraíso, de aquellos que no perdona el gusto. Su materia, aunque tierra, desmentida de los primores del arte, dejaba muy atrás la misma solar esfera. Obra al fin de grande artífice y fabricada para un príncipe grande.
¿Si sería éste, dijo Andrenio, el tan alabado alcázar de Virtelia? Que una cosa tan perfecta no puede ser estancia, sino de su grande perfección. Que tal suele ser el epiciclo, cual la estrella.
Oh, no, dijo Critilo, que éste está á los pies del monte y aquél sobre su cabeza, aquél se empina hasta el cielo y éste se roza con el abismo, aquél entre austeridades y éste entre delicias.
Esto ponderaban, cuando vieron asomar por su majestuosa puerta, al cabo de muchas varas de nariz, un hombrecillo de media, que viéndolos admirados, les dijo:
Yo no sé de qué; pues así como hay hombres de gran corazón y de gran pecho, yo lo soy de grandes narices.
Toda gran trompa, dijo Critilo, siempre fué para mí señal de grande trampa.
Varón sagaz.
¿Y por qué no de sagacidad?, replicó él. Pues advertí que con ésta os he de abrir camino. Seguidme.
Lo primero, que encontraron en el mismo atrio, fué un establo, nada estable, aunque lleno de gente lucida, hombres de mucho porte y de más cuenta, muy hallados todos con los brutos, sin asquear el mal olor de tan inmunda estancia.
¿Qué es esto?, dijo Critilo. ¿Cómo éstos, que parecen personas, están en tan vil lugar?
Por su gusto, respondió el Sátiro.
¿Pues desto gustan?
Sí, que los más de los hombres eligen antes vivir en la hedionda pocilga de sus bestiales apetitos, que arriba en el salón dorado de la razón.
No se sentía otro dentro, que malas voces y bramidos de fieras, ni se oían sino monstruosidades. Era intolerable la hediondez que despedía.
¡Oh, casa engañosa!, exclamó Andrenio: por fuera toda maravillas y por dentro monstruosidades.
Palacio del alma.
Sabed, dijo el Sátiro, que este hermoso palacio se fabricó para la Virtud; mas el Vicio se ha levantado con él, hale tiranizado. Y así de ordinario veréis que hace su morada en la mayor hermosura y gentileza, el cuerpo más lindo y agraciado, criado para estancia hermosa de la Virtud, le toparéis lleno de torpezas, la mayor nobleza de infamias, la riqueza de ruindades.
Comenzaron con esto á rehusar el empeñarse, temiendo el despeño, cuando uno de aquellos monstruos les dijo:
En esto no reparéis, que aquí siempre hay salida para todo y yo soy el que á cuantos se empeñan, la hallo. Á la doncellita la persuado su deshonra, diciéndola que no le faltará una amiga ó una piadosa tía de quien fiarse. Al asesino que mate, que ya habrá quien le haga espaldas. Al ladrón que robe. Al salteador que desuelle, que ya se hallará un simple compasivo, que interceda por él á la justicia. Al tahur que juegue, que no faltará un amigo enemigo, que le preste. De suerte que por grande que sea el despeño, le pinto fácil el salto; por entrincado que sea el laberinto, le hallo el ovillo de oro; y á toda dificultad, la solución. Así que bien podéis entrar. Fiaos de mí, que os desempeñaré.
Fué á meter el pie Critilo y al punto encontró con un monstruo horrible, porque tenía las orejas de abogado, la lengua de procurador, las manos de escribano, los pies de alguacil.
Escápate, gritó el Sátiro, de todo pleito; aunque sea dejándoles la capa.
Cortesía engañosa.
Íbanse retirando con recelo, cuando con mucho agrado se llegó á ellos otro monstruo muy cortés, suplicándoles fuesen servidos de entrar por cortesía, que no serían los primeros, que se habían perdido de puro corteses. Y si no, preguntadle á aquél, que parece hombre circunspecto y de juicio, cómo se jugó la hacienda y tras ella la honra y el descanso de su casa.
Y respondióles:
Señor, rogáronme que hiciese un cuarto, que les faltaba, y deshice todos los de mi casa, porque no me tuviesen por grosero, Púseme á jugar, piquéme y lastiméme á mí mismo. Pensé desquitarme y acabé con todo por cortesía.
Preguntadle á aquel otro, que se pica de entendido, cómo perdió la salud, la honra y la hacienda, con la otra loquilla.
Y respondióles que por no parecer descortés, mantuvo la conversación. De allí pasó á la correspondencia, hasta hallarse perdido por cortesía.
La otra, porque no la tuviesen por necia, respondió al dicho y luego al billete. El marido, por no parecer grosero, disimuló con los muchos yentes y vinientes á su casa. El juez, obligado de la intercesión del poderoso, hizo la injusticia. De suerte que son infinitos los que se han perdido en el mundo por cortesía.
Y con esto y mil zalemas, que les hizo, les obligó á entrar. Érase un tan espacioso atrio, que tomaba todo un mundo, célebre anfiteatro de monstruosidades, tan grandes como muchas, donde tuvieron más que abominar, que admirar y vieron cosas, aunque muchas veces vistas, que no se podían ver.
Vicios encadenados.
Estaba en el primero y último lugar una horrible serpiente, coco de la misma hidra, tan envejecida en el veneno, que la habían nacido alas y se iba convirtiendo en un dragón, inficionando con su aliento al mundo.
¡Terrible cosa, dijo Critilo, que de la cola de la culebra nazca el basilisco y de los dejos de la víbora el dragón! ¿Qué monstruosidad es ésta?
Como déstas se ven en el mundo cada día, respondió el Sátiro. Veréis que acaba la otra con su deshonestidad propia y comienza la ajena. No hace cara ya al vicio, por no tenerla. Da alas á la otra, que comienza á volar, y hace sombra á los soles, que amanecen. Pierde el tahur su grande herencia y pone casa de juego: da naipes, despabila las velas abrasadoras, corta tantos para tontos. El farsante para en charlatán y saltimbanco, el acuchillador en maestro de esgrima; el murmurador, cuando viejo, en testigo falso; el holgazán, en escudero; el malsín, en catedrático del duelo; el infame, en libro verde; y el bebedor en tabernero, aguándoles el vino á los otros.
Iban dando la vuelta y viendo portentosas fealdades. Fuélo harto ver una mujer, que de dos ángeles hacía dos demonios, digo, dos rapazas endiabladas. Y teniéndolas desolladas, las metió á asar á un gran fuego y comenzó á comer dellas sin ningún horror, tragando muy buenos bocados.
¡Qué fiereza es ésta tan inhumana!, ponderó Andrenio. ¿No me dirás quién es ésta, que deja atrás los mismos trogloditas?
Mala madre.
Pues advierte que es su madre.
¿La misma, que las echó á luz?
Y hoy las oscurece. Ésta es la que teniendo dos hijas tan hermosas como viste, las mete en el fuego de su lascivia; dellas come y traga los buenos bocados.
Salióles de través otro monstruo, no menos raro. Era de tan exótica condición, de un humor tan desproporcionado, que, si le pegaban con un garrote de encina y le quebraban las costillas ó un brazo, no hacía sentimiento; pero, si le daban con una caña, aunque levemente, sin hacerle ningún daño, era tal su sentimiento, que alborotaba el mundo. Llegó uno y dióle una penetrante puñalada y la tuvo por mucha honra. Y porque llegó otro y le pegó un ligero espaldarazo con la espada envainada, sin sacarle una gota de sangre, lo sintió de manera, que revolvió toda su parentela para la venganza. Pególe uno á puño cerrado un tan fiero mojicón, que le ensangrentó la boca y le derribó los dientes y no se alteró. Y porque otro le asentó la mano estendida, coloreándole el rostro, fué tal su rabia, que hundía el mundo, haciendo estremos. ¿Pues qué? Si le arrojaban un sombrero, no sentía tanto, que le tirasen un ladrillo y le polvoreasen los sesos. No tenía por afrenta el mentir, el no cumplir su palabra, el engañar, el decir mil falsedades. Y porque uno le dijo; mentís: pensó reventar de cólera y no quiso comer hasta tomar venganza.
¡Qué raro humor de monstruo éste, celebró Critilo, entreverado de necedad y locura!
Así es, dijo el Sagaz, ¿y quién creerá que está hoy muy valido en el mundo?
¿Será entre bárbaros?
No, sino entre cortesanos; entre la gente más ladina.
¿Y no sabríamos quién es?
El duelo.
Éste es el tan sonado Duelo: dígole, el descabezado, tan civil como criminal.
Pasaron á la otra banda, y registraron las monstruosidades de la necedad, que eran otras tantas. Monstruos
de la necedad.Vieron que no osaba comer un camaleón por ahorrar, para que tragase después el puerco de su heredero. Un melancólico, pudriéndose del buen humor de los otros; muchos, que porfiaban sin estrella; él de todos, si no de sí mismo. Admiráronse de uno, que pretendía por mujer la que había muerto á su marido y él quería ser el marivenido. Un soldado, muriendo en un barranco, muy consolado de no gastar con médicos ni sacristanes. Un señor, que encomendaba á otros el mandar.
Estaba uno encendiendo fuego de canela para asar un rábano; un rico pretendiendo y un caduco enamorando. Aquí toparon con el de cien pleitos y un prelado huyendo dél, porque no le metiese pleito en la mitra. Vieron uno, que, habiéndole dicho fuese á descansar á su casa, se equivocó y se iba á la sepultura. Aquí estaba también el que hacía almohada del chapín de la Fortuna, y á su lado el que del cogote de la Ocasión pretendía hacerse la barba; el que llevaba descubiertas las perdices y no las vendía.
Íbase uno á la cárcel por otro. Pero el más aborrecido, era un hombre bajo, descortés. Estaba uno parando lazos á los raposos viejos y otro pasando del dar al pedir; el que compraba caro lo que era suyo; y estaba otro papando lisonjas de sus convidados, el juglar de las casas ajenas y en la suya cantimplora; el que decía que no es de príncipes el saber; el que todas las cosas hacía con eminencia, si no su empleo.
Entraba en el lugar del que vivía de necio el que moría de sabio; el que, pudiendo ser sol en su esfera, no era constelación en la ajena; el que fundía en balas sus doblones. Estaban dos, el uno jugando bien y siempre perdiendo, y el otro sin saberse dejar, ganando. Un presumido con cuatro letras garrafales y el que conociendo un temerario, le fiaba todo su ser. Y sobre todo, uno, que viviendo de burlas, se iba al infierno de veras.
Todas estas monstruosidades y otras más estaban admirando, cuando arrebató de nuevo su atención un monstruo, que, huyendo de un ángel, se iba tras un demonio ciego y perdido por él.
Ésta sí que es portentosa necedad, dijeron; nada son las pasadas.
Éste es, dijo el Sagaz, un hombre, que, teniendo una consorte que le dió Dios discreta, noble, rica, hermosa y virtuosa, anda perdido por otra, que le atrazó el diablo, por una moza de cántaro, por una vil y asquerosa ramera, por una fea, por una loca insufrible, con quien gasta lo que no tiene. Para su mujer no saca el honesto vestido y para la amiga la costosa gala. No halla un real para dar limosna y gasta con la ramera á millares. La hija trae desnuda y la amiga rozando lamas. ¡Oh, fiero monstruo, casado con hermosa y amancebado con fea!
Veréis que unos vicios, aunque destruyen la honra, dejan la hacienda. Consumen otros la hacienda y perdonan la salud. Pero este de la torpeza con todo acaba, honra, hacienda, salud y vida.
Torpe monstruosidad.
Lado por lado estaban otros dos monstruos tan confinantes, cuan diferentes, para que campeasen más los estremos. El primero tenía más malos ojos que un bizco, siempre miraba de mal ojo. Si uno callaba, decía que era un necio; si hablaba, que un bachiller; si se humillaba, apocado; si se mesuraba, altivo; si sufrido, cobarde; y si áspero, furioso; si grave, le tenía por soberbio; si afable, por liviano; si liberal, por pródigo; si detenido, por avaro; si ajustado, por hipócrita; si desahogado, por profano; si modesto, por tosco; si cortés, por ligero. ¡Oh, maligno mirar!
Al contrario, el otro se gloriaba de tener buena vista, todo lo miraba con buenos ojos, con tal estremo de afición, que á la desvergüenza llamaba galantería, á la deshonestidad buen gusto, la mentira decía que era ingenio, la temeridad valentía, la venganza pundonor, la lisonja cortejo, la murmuración donaire, la astucia sagacidad y el artificio prudencia.
¡Qué dos monstruosidades, dijo Andrenio, tan necias! Siempre van los mortales por estremos, nunca hallan el medio de la razón: ¡y se llaman racionales!
¿No sabríamos qué dos monstruos son éstos?
Pía, y impía afición.
Sí, dijo el Sagaz: aquella primera es la mala Intención, que toma de ojo todo lo bueno; esta otra al contrario, es la Afición, que siempre va diciendo:
Todo mi amigo es buen hombre.
Éstos son los antojos del mundo. Ya no se mira de otro modo y así tanto se ha de atender á quien alaba ó á quien vitupera, como al alabado ó vituperado.
Ruaba un otro bien monstruoso, muy tapado.
Éste, dijo Andrenio, parece monstruo vergonzante.
Antes, respondió el Sátiro, es de la desvergüenza.
¿Pues una mujer sin ella, cómo va atapada contra su natural inclinación de ser vistas?
Ahí verás que, cuando más descaradas, esconden la cara.
¡He, que será recato!
No es sino correr el velo á sus obligaciones. Ayer iba al contrario, tan escotada, que parece que descubriera más, si más pudiera. Siempre van por estremos.
Venía ya un monstruo muy humano, haciendo reverencias á los mismos lacayos, besando los pies aun á los mozos de cocina. Llamaba señoría á quien no merecía merced, á todo el mundo con la gorra en la mano, previniendo de una legua la cortesía. Á unos se ofrecía por su mayor afecto, á otros por su menor criado.
Ambición cortés.
¡Qué monstruo tan comedido éste!, ponderaba Andrenio,p. 41 ¡qué humano! No he visto monstruo humilde hasta hoy.
¡Qué bien lo entiendes!, dijo el Sátiro: no hay otro más soberbio. ¿No ves tú, que, cuanto más se abate, quiere subir más alto? Para poder mandar á los amos, se humilla á los criados. Estas reverencias hasta el suelo, son botes y rebotes de pelota, que da en tierra, para subir al aire de su vanidad.
Al fin, si es que las necedades le tienen, apareció ya la más rara figura, un monstruo, por lo viejo decano. Descubría la cabeza toda pelada, sin cabellos de altos pensamientos, ni negros por lo profundo ni blancos por lo cuerdo, sin un pelo de sustancia. Movíasele á un lado y á otro, sin consistencia alguna. Los ojos, en otro tiempo tan claros y perspicaces, ahora tan flacos y lagañosos, que no veían lo que más importaba y de lejos poco ó nada, para prevenir los males. Los oídos, algún día muy oidores, tan sordos y tan atapados, que no percibían la voz flaca del pobre, sino la del ricazo, la del poderoso, que hablan alto. La boca desierta, que no sólo no gritaba con la eficacia que debía; pero ni osaba hablar. Y si algo, entre los dientes, que no tenía. Las manos, antes grandes ministras y obradoras de grandes cosas, se veían gafas, un gancho en cada dedo, con que de todo se asían y nada soltaban. Los humildes y plebeyos pies, tan gotosos y torcidos, que no acertaban á dar un paso. De suerte que en todo él no había cosa buena ni parte sana. Él se dolía y todos se quejaban; pero nadie se lastimaba, ninguno trataba de poner remedio.
Seguíanle otros tres, altercando entre sí la tiranía universal de los mortales. Traía el primero cara de veneno dulce y era escollo de marfil, hermosa muerte, despeño deseado, engaño agradable, mujer fingida y sirena verdadera, loca, necia, atrevida, cruel, altiva y engañosa. Pedía, mandaba, presumía, violentaba, tiranizaba y antojábansele bravos desvaríos.
¿Qué cosa puede haber en el mundo, decía, que para mí no sea? Todo cuanto hay, al cabo se viene á reducir á mi gusto. Si se hurta, es para mí; si se mata, por mí; si se habla, es de mí; si se desea, es á mí; si se vive, conmigo; de suerte, que cuantas monstruosidades hay en el mundo…
La Carne.
Eso no concederé yo, dijo él mismo, tan bizarro como vano rico, pero necio; altivo, pero ruin. Todo cuanto hay y luce, todo es para mí, todo sirve á mi pompa y ostentación. Si el mercader roba, es para vivir en el mundo; si el caballero se empeña, es para cumplir con el mundo; si la mujer se engalana, es para parecer en el mundo. Todos los vicios dan treguas: el glotón se ahita, el deshonesto se enfada, el bebedor duerme, el cruel se cansa; pero la vanidad del mundo, nunca dice basta; siempre locura y más locura y no me enojéis, que lo daré todo al diablo.
El Mundo.
Aquí estoy yo, dijo éste, tomándolo todo, que no hay cosa, que no sea mía, por habérmela dado muchas veces.
En enojándose el marido, dice luego:
¡Mujer de Bercebú!
Y ella responde:
Hombre del diablo.
Llévete Satanás, dice la madre al hijo.
Y el amo:
Válgante mil diablos.
Válganle á él, responde el criado.
Y hombre hay tan monstruo, que dice:
Válgame una legión de demonios.
El Diablo.
De suerte que no se hallará cosa en el mundo, que no se me haya dado ella á mí ó me la hayan dado muchas veces. Y tú mismo, ¡oh mundo! ¿puedes negar que no seas todo mío?
¿Yo? ¿De qué modo?
Maldito seas tú y qué poca vergüenza que tienes.
Y aun por eso, replicó él: que quien no tiene vergüenza, todo el mundo es suyo.
Apelaron de su porfía para el monstruo coronado, príncipe de la Babilonia común. Éste, oída su altercación, les dijo:
Ea, acabá, dejaos de pesares, venid, holguémonos, logrep. 43mos la vida, gocemos de sus gustos, de los olores y ungüentos preciosos, de los banquetes y comidas, de los lascivos deleites. Mirá que se nos pasa la flor de la edad. Pasemos la edad en flor, comamos y bebamos, que mañana moriremos. Andémonos de prado en prado, dando verdes á nuestros apetitos. Yo os quiero repartir las jurisdiciones y vasallos, para que no estéis pleiteando cada día.
Tú, oh Carne, llevarás tras ti todos los flacos, ociosos, regalones y destemplados; reinarás sobre la hermosura, el ocio y el vino; serás señora de la voluntad.
Y tú, oh Mundo, arrastrarás todos los soberbios, ambiciosos, ricos y potentados; reinarás en la fantasía.
Mas tú, Demonio, serás el rey de los mentirosos, de los que se pican de entendidos; todo el distrito del ingenio será tuyo.
Veamos ahora en qué pecan estos dos peregrinos de la vida, dijo señalando á Critilo y Andrenio, para que rindan vasallaje de monstruosidad, que ni hay bestia sin tacha ni hombre sin crimen. Lo que averiguaron de ellos se quedará para la siguiente Crisi.
CRISI X. Virtelia encantada
Aquel antípoda del cielo redondo, siempre rodando, jaula de fieras, palacio en el aire, albergue de la iniquidad, casa á toda malicia, niño caducando, llegó ya el mundo á tal estremo de inmundo y sus mundanos á tal remate de desvergonzada locura, que se atrevieron con públicos edictos á prohibir toda virtud. Leyes
del mundo. Y esto so graves penas, que ninguno dijese verdades, menos de ser tenido por loco; que ninguno hiciese cortesía, so pena de hombre bajo; que ninguno estudiase ni supiese, porque sería llamado el estoico ó el filósofo; que ninguno fuese recatado, so pena de ser tenido por simple; y así de todas las demás virtudes.
Al contrario, dieron á los vicios campo franco y pasaporte general para toda la vida. Pregonóse un tan bárbaro desafuero por las anchuras de la tierra, siendo tan bien recibido hoy, como ejecutado ayer, dando una gran campanada. Mas, ¡oh, caso raro é increíble! cuando se tuvo por cierto que todas las virtudes habían de dar una extraordinaria demostración de su sentimiento, fué tan al contrario, que recibieron la nueva con extraordinario aplauso, dándose unas á otras la norabuena y ostentando indecible gozo. Al revés, los vicios, andaban cabizbajos y corridos, sin poder disimular su tristeza. Admirado un discreto de tan impensados efectos, comunicó su reparo con la Sabiduría, su señora y ella:
No te admires, le dijo, de nuestro especial contento. Porque este desafuero vulgar está tan lejos de causarnos algún perjuicio, que antes bien le tenemos por conveniencia. No ha sido agravio, sino favor, ni se nos podía haber hecho mayor bien. Los vicios sí quedan destruídos desta vez. Bien pueden esconderse y así con justa causa se entristecen. Éste es el día en que nosotras nos introducimos en todas partes y nos levantamos con el mundo.
¿Pues en qué lo fundas?, replicó el Curioso.
Virtud vedada.
Yo te lo diré. Porque son de tal condición los mortales, tienen tan estraña inclinación á lo vedado, que, en prohibiéndoles alguna cosa, por el mismo caso la apetecen y mueren por conseguirla. No es menester más, para que una cosa sea buscada, sino que sea prohibida. Y es esto tan probado, que la mayor fealdad vedada es más codiciada, que la mayor belleza concedida. Verás que, en vedando el ayuno, se dejarán morir de hambre el mismo Epicuro y Eliogábalo. En prohibiendo el recato, dejará Venus á Chipre y se meterá entre las Vestales. Buen ánimo, que ya no habrá embustes, ruines correspondencias, malos procederes, agarros ni traiciones. Cerrarse han los públicos teatros y garitos. Todo será virtud. Volverá el buen tiempo y los hombres hechos á él. Las mujeres estarán muy casadas con sus maridos y las doncellas lo serán de honor. Obedecerán los vasallos á sus reyes y ellos mandarán. No se mentirá en la corte ni se murmurará en la aldea. Verse ha desagraviado el sexto de todo sexo. Gran felicidad se nos promete. Éste sí que será el siglo dorado.
Cuánta verdad fuese ésta, presto lo experimentaron Critilo y Andrenio, que, habiéndose hurtado á los tres competidores de su libertad, mientras aquéllos estaban entre sí compitiendo, marchaban éstos cuesta arriba al encantado palacio de Virtelia. Hallaron aquel áspero camino, que tan solitario se les habían pintado, lleno de personas, corriendo á porfía en busca della. Acudían de todos estados, sexos, edades, naciones y condiciones, hombres y mujeres. No digo ya los pobres, sino los ricos, hasta magnates, que les causó estraña admiración.
Varón de luces
El primero con quien encontraron á gran dicha, fué un varón prodigioso, pues tenía tal propriedad, que arrojaba luz de sí, siempre que quería y cuanta era menester, especialmente en medio de las mayores tinieblas. De la suerte que aquellos maravillosos peces del mar y gusanos de la tierra, á quienes la varia naturaleza concedió el don de luz, la tienen reconcentrada en sus entrañas, cuando no necesitan della y, llegada la ocasión, la avivan y sacan fuera: así este portentoso personaje tenía cierta luz interior, ¡gran don del cielo! allá en los más íntimos senos del cerebro, que siempre, que necesitaba della, la sacaba por los ojos y por la boca, fuente perene de luz clarificante.
Éste, pues, varón lucido, esparciendo rayos de inteligencia, los comenzó á guiar á toda felicidad por el camino verdadero. Era muy agria la subida. Sobre la dificultad de principio, dió muestras de cansarse Andrenio y comenzó á desmayar y tuvo luego muchos compañeros. Pidió que dejasen aquella empresa para otra ocasión.
Eso no, dijo el varón de luces, por ningún caso: que, si ahorap. 46 no te atreves en lo mejor de la edad, menos podrás después.
He, replicaba un joven, que nosotros ahora venimos al mundo y comenzamos á gustar dél. Demos á la edad lo que es suyo; tiempo queda para la virtud.
Escusas de la virtud.
Al contrario, ponderaba un viejo. ¡Oh!, si á mí me cogiera esta áspera subida con los bríos de mozo, ¡con qué valor la pasara!, ¡con qué ánimo la subiera! Ya no me puedo mover, fáltanme las fuerzas para todo lo bueno. No hay ya que tratar de ayunar ni hacer penitencia; harto haré de vivir con tanto achaque: no son ya para mí las vigilias.
Decía el noble:
Yo soy delicado, hanme criado con regalo. ¿Yo ayunar? Bien podrían enterrarme al otro día. No puedo sufrir las costuras del cambray, ¿qué sería el saco de cerdas?
El pobre por lo contrario, decía:
Bien ayuna quien malcome; harto haré en buscar la vida para mí y para mi familia. El ricazo sí que las come holgadas; ése que ayune, dé limosna, trate de hacer buenas obras.
De suerte que todos echaban la carga de la virtud á otros, pareciéndoles muy fácil en tercera persona y aun obligación. Pero el guión luciente:
Nadie se me exima, decía: que no hay más de un camino. Ea, que buen día se nos aguarda.
Y echaba un rayo de luz, con que los animaba eficazmente.
Comenzaron á tocarles arma las horribles fieras pobladoras del monte. Sentíanlas bramar rabiando y murmurando y tras cada mata les salteaba una: que tiene muchos enemigos lo bueno. Los mismos padres, los hermanos, los amigos, los parientes, todos son contrarios de la virtud y los domésticos, los mayores.
Enemigos
domésticos.
Andá, que estáis loco, decían los amigos, dejaos de tanto rezar, de tanta misa y rosario, vamos al paseo, á la comedia.
Si no vengáis este agravio, decía un pariente, no os hemos de tener por tal. Vos afrentáis á nuestro linaje. He, que no cumplís con vuestras obligaciones.
No ayunes, decía la madre á la hija, que estás de mal color, mira que te caes muerta.
De modo que todos, cuantos hay, son enemigos declarados de la virtud.
Salióles ya al opósito aquel león tan formidable á los cobardes. Arredrábase Andrenio y gritóle Lucindo echase mano á la espada de fuego. Y al mismo punto, que la coronada fiera vió brillar la luz entre los aceros, echó á huir: que tal vez piensa hallar uno un león y topa un panal de miel.
¡Qué presto se retiró!, ponderaba Critilo.
Son éstas un género de fieras, respondió Lucindo, que en siendo descubiertas, se acobardan, en siendo conocidas huyen.
Tentación descubierta.
Esto es ser persona, dice uno. Y no es sino ser un bruto; aquí está el valer y el medrar, y no es sino perderse, que las más veces entra el viento de la vanidad por los resquicios, por donde debiera salir.
Llegaron á un paso de los más dificultosos, donde todos sentían gran repugnancia. Causóle grima á Andrenio y propúsole á Lucindo:
¿No pudiera pasar otro por mí esta dificultad?
No eres tú el primero que ha dicho otro tanto. ¡Oh, cuántos malos llegan á los buenos y les dicen que los encomienden á Dios y ellos se encomiendan al diablo; piden que ayunen por ellos y ellos se hartan y embriagan; que se deciplinen y duerman en una tabla, y estánse ellos revolcando en el cieno de sus deleites! ¡Qué bien le respondió á uno déstos aquel moderno apóstol de la Andalucía!:
Señor mío, si yo rezo por vos y ayuno por vos, también me iré al cielo por vos.
Estando emperezando Andrenio, adelantóse Critilo y, tomando de atrás la corrida, saltó felizmente. Volviósele á mirar y dijo:
Dificultades del vicio.
Ea, resuélvete, que harto mayores dificultades se topan en el camino ancho y cuesta abajo del vicio.
¿Qué duda tiene eso?, respondió Lucindo; y si no decidme si la virtud mandara los intolerables rigores del vicio, ¿qué dijeran los mundanos? ¿Cómo lo exageraran? ¿Qué cosa más dura, que prohibirle al avaro sus mismos bienes, mandándole que no coma ni beba ni se vista ni goce de una hacienda adquirida con tanto sudor? Facilidades
de la virtud.¿Qué dijera el mundano, si esto mandara la ley de Dios? ¿Pues qué, si al deshonesto, que estuviese toda una noche de invierno al yelo y al sereno, rodeado de peligros por oir cuatro necedades, que él llama favores, pudiéndose estar en su cama seguro y descansado? ¿Si al ambicioso, que no pare un punto ni descanse ni sea suya una hora? ¿Si al vengativo, que anduviese siempre cargado de hierro y de miedo? ¿Qué dijeran desto los mundanos? ¡Cómo lo ponderaran! Y ahora, porque se les manda su antojo, sin réplica obedecen.
Ea, Andrenio, anímate, decía Critilo, y advierte que el más mal día deste camino de la virtud es de primavera en cotejo de los caniculares del vicio.
Diéronle la mano, con que pudo vencer la dificultad.
Dos veces fiero les acometió un tigre en condición y en su mal modo; mas el único remedio fué no alborotarse ni inquietarse, sino esperalle mansamente. Victoria de la espera. Á gran cólera, gran sosiego, y á una furia, una espera. Trató Critilo de desenvolver su escudo de cristal, espejo fiel del semblante y, así como la fiera se vió en él tan feamente descompuesta, espantada de sí misma, echó á huir con harto corrimiento de su necio exceso. De las serpientes, que eran muchas, dragones, víboras y basiliscos, fué singular defensivo el retirarse y huir las ocasiones. Á los voraces lobos con látigos de cotidiana diciplina los pudieron rechazar. Contra los tiros y golpes de toda arma ofensiva se valieron del célebre escudo encantado, hecho de una pasta real, cuanto más blanda, más fuerte, forjado con influjo celeste, de todas maneras impenetrable: y era sin duda el de la paciencia.
Llegaron ya á la superioridad de aquella dificultosa montaña, tan eminente, que les pareció estaban en los mismos azaguanesp. 49 del cielo, convecinos de las estrellas. Dejóse ver bien el deseado palacio de Virtelia, campeando en medio de aquella sublime corona, teatro insigne de prodigiosas felicidades. Mansión
de la virtud.Mas, cuando se esperó que nuestros agradecidos peregrinos le saludaran con incesables aplausos y le veneraran con afectos de admiración, fué tan al contrario, que antes bien se vieron enmudecer, llevados de una impensada tristeza, nacida de estraña novedad. Y fué sin duda que, cuando le imaginaron fabricado de preciosos jaspes, embutidos de rubíes y esmeraldas, cambiando visos y centelleando á rayos, sus puertas de zafir con clavazón de estrellas, vieron se componía de unas piedras pardas y cenicientas, nada vistosas, antes muy melancólicas.
¿Qué cosa y qué casa es ésta?, ponderaba Andrenio. ¿Por ella habemos sudado y reventado? ¡Qué triste apariencia tiene! ¿Qué será allá dentro? ¡Cuánto mejor exterior ostentaba la de los monstruos! Engañados venimos.
Aquí Lucindo suspirando:
Sabed, les dijo, que los mortales todo lo peor de la tierra quieren para el cielo, el más trabajado tercio de la vida. Allá, á la achacosa vejez dedican para la virtud, la hija fea para el convento, el hijo contrahecho sea de iglesia, el real malo á la limosna, el redrojo para el diezmo, y después querrían lo mejor de la gloria. De más que juzgáis vosotros el fruto por la corteza. Aquí todo va al revés del mundo: si por fuera está la fealdad, por dentro la belleza; la pobreza en lo exterior, la riqueza en lo interior; lejos la tristeza, la alegría en el centro: que eso es entrar en el gozo del Señor.
Bajo el sayal, hayal.
Estas piedras tan tristes á la vista son preciosas á la experiencia, porque todas ellas son bezares, ahuyentando ponzoñas. Y todo el palacio está compuesto de pítimas y contravenenos, con lo cual no pueden empecerle ni las serpientes ni los dragones, de que está por todas partes sitiado.
Estaban sus puertas patentes noche y día; aunque allí siempre lo es, franqueando la entrada en el cielo á todo el mundo. Pero asistían en ellas dos disformes gigantes, jayanes de la soberbia, enarbolando á los dos hombros sendas clavas muy herradas, sembradas de puntas para hacerla. Estaban amenazando á cuantos intentaban entrar, fulminando en cada golpe una muerte. En viéndolos, dijo Andrenio:
Todas las dificultades pasadas han sido enanas en parangón désta. Basta que hasta ahora habíamos peleado con bestias de brutos apetitos; mas éstos son muy hombres.
Así es, dijo Lucindo: que ésta ya es pelea de personas. Sabed que, cuando todo va de vencida, salen de refresco estos monstruos de la altivez, tan llenos de presunción, que hacen desvanecer todos los triunfos de la vida. Pero no hay que desconfiar de la vitoria: que no han de faltar estratagemas para vencerlos. Advertid que de los mayores gigantes triunfan los enanos y de los mayores los pequeños, los menores y aun los mínimos. El modo de hacer la guerra ha de ser muy al revés de lo que se piensa. Triunfo de la humildad.Aquí no vale el hacer piernas ni querer hombrear. No se trate de hacer del hombre; sino humillarse y encogerse y, cuando ellos estuvieren más arrogantes amenazando al cielo, entonces nosotros transformados en gusanos y cosidos con la tierra hemos de entrar por entre pies, que así han entrado los mayores adalides.
Ejecutáronlo tan felizmente, que sin saber cómo ni por dónde, sin ser vistos ni oídos, se hallaron dentro del encantado palacio, con realidades de un cielo.
Apenas, digo á glorias, estuvieron dentro, cuando sintieron embargar todos sus sentidos de bellísimos empleos en folla de fruición, confortando el corazón y elevando los espíritus. Embistióles lo primero una tan suave marea, exhalando inundaciones de fragancia, que pareció haberse rasgado de par en par los camarines de la primavera, las estancias de Flora, ó que se había abierto brecha en el paraíso. Oyóse una dulcísima armonía, alternada de voces é instrumentos, que pudiera suspender la celestial por media hora. Pero, ¡oh cosa estraña! que no se veía quién gorjeaba ni quién tañía: con ninguno topaban, nadie descubrían.
Bien parece encantado este palacio, dijo Critilo. Sin duda que aquí todos son espíritus, pues no se parecen cuerpos. ¿Dónde estará esta celestial reina?
Siquiera, decía Andrenio, permitiérasenos alguna de sus muchas bellísimas doncellas. Hallazgo
de las virtudes.¿Dónde estás?, ¡oh, justicia! dijo en grito, y respondióle al punto Eco vaticinante desde un escollo de flores:
En la casa ajena.
¿Y la verdad?
Con los niños.
¿La castidad?
Huyendo.
¿La sabiduría?
En la mitad y aun.
¿La providencia?
Antes.
¿El arrepentimiento?
Después.
¿La cortesía?
En la honra.
¿Y la honra?
En quien la da.
¿La fidelidad?
En el pecho de un rey.
¿La amistad?
No entre idos.
¿El consejo?
En los viejos.
¿El valor?
En los varones.
¿La ventura?
En las feas.
¿El callar?
Con callemos.
¿Y el dar?
Con el recibir.
¿La bondad?
En el buen tiempo.
¿El escarmiento?
En cabeza ajena.
¿La pobreza?
Por puertas.
¿La buena fama?
Durmiendo.
¿La osadía?
En la dicha.
¿La salud?
En la templanza.
¿La esperanza?
Siempre.
¿El ayuno?
En quien malcome.
¿La cordura?
Adivinando.
¿El desengaño?
Tarde.
¿La vergüenza?
Si perdida, nunca más hallada.
¿Y toda virtud?
En el medio.
Es decir, declaró Lucindo, que nos encaminemos al centro y no andemos como los impíos rodando.
Fué acertado, porque en medio de aquel palacio de perfecciones, en una majestuosa cuadra, ocupando augusto trono, descubrieron, por gran dicha, una divina reina, muy más linda y agradable de lo que supieron pensar, dejando muy atrás sup adelantada imaginación. Que, si dondequiera y siempre pareció bien, ¿qué sería en su sazón y su centro? Hermosura perfecta. Hacía á todos buena cara, aun á sus mayores enemigos. Miraba con buenos ojos y aun divinos. Oía bien y hablaba mejor. Y aunque siempre con boca de risa, jamás mostraba dientes; hablaba por labios de grana palabras de seda. Nunca se le oyó echar mala voz. Tenía lindas manos y aun de reina en lo liberal y en cuanto las ponía salía todo perfecto. Dispuesto talle y muy derecho y todo su aspecto divinamente humano y humanamente divino. Era su gala conforme á su belleza y ella era la gala de todo. Vestía armiños, que es su color la candidez. Enlazaba en sus cabellos otros tantos rayos de la aurora con cinta de estrellas. Al fin, ella era todo un cielo de beldades, retrato al vivo de la hermosura de su celestial Padre, copiándole sus muchas perfecciones.
Pretendientes de virtud.
Estaba actualmente dando audiencia á los muchos, que frecuentaban sus sitiales, después de prohibida. Llegó entre otros un padre á pretenderla para su hijo, siendo él muy vicioso, y respondióle que comenzase por sí mismo, y le fuese ejemplar idea.
Venía otra madre en busca de la honestidad para una hija y contóla lo que la sucedió á la culebra madre con la culebrilla su hija: que viéndola andar torcida la riñó mucho y mandó que caminase derecha.
Madre mía, respondió ella, enseñadme vos á proceder, veamos cómo camináis.
Probóse y, viendo que andaba muy más torcida:
En verdad, madre, la dijo, que si las mías son vueltas, que las vuestras son revueltas.
Pidió un eclesiástico la virtud del valor y á la par un virrey la devoción con muchas ganas de rezar. Repondióles á entrambos que procurase cada uno la virtud competente á su estado.
Préciese el juez de justiciero y el eclesiástico de rezador, el príncipe del gobierno, el labrador del trabajo, el padre de familias del cuidado de su casa, el prelado de la limosna y desvelo. Cada uno se adelante en la virtud que le compete.
Según eso, dijo una casada, á mí bástame la honestidad conyugal; no tengo que cuidar de otras virtudes.
Eso no, dijo Virtelia; no basta ésa sola, que os haréis insufrible de soberbia, y más ahora. Poco importa que el otro sea limosnero, si no es casto; que éste sea sabio, si á todos desprecia; que aquél sea gran letrado, si da lugar á los cohechos; que el otro sea gran soldado, si es un impío. Son muy hermanas las virtudes y es menester que vayan encadenadas.
Llegó una gentil dama galanteando melindres y dijo que ella también quería ir al cielo; pero que había de ser por el camino de las damas. Hízoseles muy de nuevo á los circunstantes y preguntóla Virtelia:
Camino de las Damas.
¿Qué camino es ése, que hasta hoy no he tenido noticia dél?
¿Pues no está claro?, replicó ella. Que una mujer delicada como yo ha de ir por el del regalo, entre martas y entre felpas, no ayunando ni haciendo penitencia.
Bueno, por cierto, exclamó la reina de la entereza: así se os concederá, reina mía, lo que pedís, como á aquel príncipe que allí entra.
Era un poderoso, que muy á lo grave tomando asiento, dijo que él quería las virtudes; pero no las ordinarias de la gente común y plebeya, sino muy á lo señor, una virtud allá exquisita. Hasta los nombres de los santos conocidos no los quería por comunes, como el de Juan y Pedro; sino tan extravagantes, que no se hallen en ningún calendario. ¡Gran cosa, decía, el de Gastón!, ¡qué bien suena el Perafán! Pues un Claquín, Nuño, Sancho y Suero pedía una teología extravagante.
Preguntóle Virtelia si quería ir al cielo de los demás.
Pensólo y respondió que, si no había otro, que sí.
Pues, señor mío, no hay otra escalera para allá, sino la de los diez Mandamientos. Por ésos habéis de subir; que yo no he hallado hasta hoy un camino para los ricos y otro para los pop. 55bres, uno para las señoras y otro para las criadas. Una es la ley y un mismo Dios de todos.
Replicó un moderno Epicuro, gran hombre de su comodidad, diciendo:
De diciplina abajo, cualquier cosa; de oración yo no me entiendo, para ayunos no tengo salud. Ved cómo ha de ser, que yo he de entrar en el cielo.
Virtud acomodada.
Paréceme, respondió Virtelia, que vos queréis entrar calzado y vestido y no puede ser.
Porfiaba que sí y que ya se usa una virtud muy acomodada y llevadera y aun le parecía la más ajustada á la ley de Dios.
Preguntóle Virtelia en qué lo fundaba, y él:
Porque desa suerte se cumple á la letra aquello de así en la tierra como en el cielo: porque allá no se ayuna, no hay diciplina ni silicio, no se trata de penitencia, y así yo querría vivir como un bienaventurado.
Enojóse mucho Virtelia oyendo esto y díjole con escandecencia:
Infierno á pares.
¡Oh casi hereje! ¡oh malentendedor! ¿Dos cielos queríais? No es cosa que se usa; mirad por vos, que todos estos, que pretenden dos cielos, suelen tener dos infiernos.
Yo vengo, dijo uno, en busca del silencio bueno.
Riéronlo todos, diciendo:
¿Qué callar hay malo?
¡Oh, sí, respondió Virtelia, y muy perjudicial: calla el juez la justicia, calla el padre y no corrige al hijo travieso, calla el predicador y no reprehende los vicios, calla el confesor y no pondera la gravedad de la culpa, calla el malo y no se confiesa ni se enmienda, calla el deudor y niega el crédito, calla el testigo y no se averigua el delito, callan unos y otros y encúbrense los males: de suerte que, si al buencallar llaman santo, al malcallar llámenle diablo!
Estoy admirado, dijo Critilo, que ninguno viene en busca de la limosna. ¿Qué será de la liberalidad?
Es que todos se escusan de hacerla: el oficial porque no le pagan, el labrador porque no coge, el caballero que está empeñado, el príncipe que no hay mayor pobre que él, el eclesiástico que buenos pobres son los parientes.
¡Oh, engañosa escusa!, ponderaba Virtelia. Dad al pobre, siquiera el desecho, lo que ya no os puede servir.
Tampoco, que la codicia ha dado en arbitrista y el sombrero traído, que se había de dar al pobre, persuade se guarde para brahones, la capa raída para contraaforros, el manto deslucido para la criada: de modo que nada dejan para el pobre.
Llegaron unos rematadamente malos y pidieron un extremo de virtud. Tuviéronles todos por necios, diciendo que comenzasen por lo fácil y fuesen subiendo de virtud en virtud.
Mas ella:
He, dejadlos que asesten ahora muchos puntos más alto, que ellos bajarán harto después y sabed que de mis mayores enemigos suelo yo hacer mis mayores apasionados.
Venía una mujer con más años que cabellos, menos dientes y más arrugas, en busca de la Virtud.
¡Tan tarde, exclamó Andrenio! Éstas yo juraría que vienen más porque las echa el mundo, que por buscar el cielo.
Déjala, dijo Virtelia, y estímesele el no haber abierto escuela de maldad con cátreda de pestilencia. Yo aseguro que, por viejos que sean, que no vengan el tahur ni el ambicioso ni el avaro ni el bebedor: son bestias alquiladas del vicio, que todas caen muertas en el camino de su ruindad.
Deshonestos incurables.
Al contrario le sucedió á uno, que llegó en busca de la Castidad, ahito de la torpeza, gran gentilhombre de Venus, idólatra de su hijuelo. Pidió ser admitido en la cofadría de la continencia; pero no fué escuchado, por más que él abominaba de la lujuria, escupiendo y asqueando su inmundicia. Y aunque muchos de los presentes rogaron por él,
No haré tal, decía la Honestidad: no hay que fiar en éstos, bien se ayuna después de harto. Creedme que estos torpes son como los gatos de algalia, que, en volviéndoseles á llenar el senillo, se revuelcan.
Venían unos, al parecer, muy puestos en el cielo, pues miraban á él.
Éstos sí, dijo Andrenio, que con el cuerpo están en la tierra y con el espíritu en el cielo.
¡Oh, cómo te engañas!, dijo la Sagacidad, gran ministra de Virtelia. Advierte que hay algunos que, cuando más miran al cielo, entonces están más puestos en la tierra. Aquel primero es un mercader, que tiene gran cantidad de trigo para vender y anda conjurando las nubes á los ojos de sus enemigos. Al contrario, aquel otro es un labrador hidrópico de la lluvia, que jamás se vió harto de agua y anda conciliando nublados. Éste de aquí es un blasfemo, que nunca se acuerda del cielo, sino para jurarle. Aquél pide venganza y el otro es un rondante, lechuzo de las tinieblas, que desea la noche más escura, para capa de sus ruindades.
Virtud afectada.
Pidió uno si le querían alquilar algunas virtudes, suspiros, torcimiento de cuello, arquear las cejas y otros modillos de modestia. Enojóse mucho Virtelia, diciendo:
¿Pues qué, es mi palacio casa de negociación?
Escusábase él diciendo que ya muchos y muchas con la virtud ganan la comida y á título de eso la señora las introduce en el estrado, la otra las asienta á su mesa, el enfermo las llama, el pretendiente se les encomienda, el ministro las consulta, ándanse de casa en casa comiendo y bebiendo y regalándose de modo, que ya la virtud es arbitrio del regalo.
Quitaos de ahí, dijo Virtelia, que esas tales tienen tan poca virtud, como los que las llaman mucha simplicidad.
¿Quién es aquel gran personaje, héroe de la virtud, que en toda ocasión de lucimiento le encontramos? Si en casa de la Sabiduría, allí está; si en la del Valor, allí asiste; en todas partes le vemos y admiramos.
¿No conocéis, dijo Lucindo, al santísimo padre de todos? Veneradle y deprecadle siglos de vida tan heroica.
Estaban aguardando los circunstantes que tratase de coronar algunos la gran reina de la Equidad y que premiase sus hazañas; mas fuéles respondido que no hay mayor premio, que ella misma, que sus brazos son la corona de los buenos.
Y así á nuestros dos peregrinos, que estaban encogidos, venerando tan majestuosa belleza, Premio
de la Virtud.los animó Lucindo á que se llegasen cerca y se abrazasen con ella, logrando una ocasión de tanta dicha. Y así fué, que coronándolos con sus reales brazos, los transformó de hombres en ángeles, candidatos de la eterna felicidad. Quisieran muchos hacer allí mansión, mas ella les dijo:
Siempre se ha de pasar adelante en la virtud; que el parar es volver atrás.
Suplicáronla, pues, los dos coronados peregrinos les mandase encaminar á su deseada Felisinda. Ella entonces, llamando cuatro de sus mayores ministras y teniéndolas delante, dijo señalando la primera:
Ésta, que es la Justicia, os dirá dónde y cómo la habéis de buscar; esta segunda, que es la Prudencia, os la descubrirá; con la tercera, que es la Fortaleza, la habéis de conseguir; y con la cuarta, que es la Templanza, la habéis de lograr.
Resonaron en esto armoniosos clarines, folla acorde de instrumentos, alborozando los ánimos y realzando sus nobles espíritus. Despertóse un céfiro fragante y bañóse todo aquel vistosísimo teatro de lucimiento. Sintiéronse tirar de las estrellas, con fuertes y suaves influjos. Fué reforzando el viento y levantándolos á lo alto, tirándoles para sí el cielo, á ser coronados de estrellas. Subieron muy altos, tanto que se perdieron de vista. Quien quisiere saber dónde pararon, adelante los ha de buscar.
CRISI XI. El tejado de vidrio y Momo tirando piedras
Llegó la Vanidad á tal extremo de quien ella es, que pretendió lugar y no el postrero entre las Virtudes. Dió para esto memorial, en que representaba ser ella alma de las acciones, vida de las hazañas, aliento de la virtud y alimento del espíritu.
No vive, decía, la vida material quien no respira, ni la formal quien no aspira. No hay aura más fragante ni que más vivifique, que la Fama, que también alienta el alma, como el cuerpo, y es su purísimo elemento el airecillo de la honrilla.
Esfuerzos de la honra.
No sale obra perfecta sin algo de vanidad ni se ejecuta acción bien sin esta atención del aplauso. Parto suyo son las mayores hazañas y nobles hijos, los heroicos hechos. De suerte que sin un grano de vanidad, sin un punto de honrilla, nada está en su punto, y sin estos humillos nada luce.
No pareció del todo mal la paradoja, especialmente á algunos de primera impresión y á otros de capricho. Pero la razón, con todo su maduro parlamento, abominando una pretensión tan atrevida:
Ensanches á la naturaleza.
Sabed, dijo, que á todas las pasiones se les ha concedido algún ensanche, un desahogo en favor de la violentada naturaleza: á la Lujuria el matrimonio; á la Ira la corrección; á la Gula el sustento; á la Envidia la emulación; á la Codicia la providencia; á la Pereza la recreación, y así á todas las otras demasías; pero á la Soberbia, mirad qué tal es ella, que jamás se le permitió el más mínimo ensanche. No hay que fiar; toda es execrable. Vaya fuera, fuera, lejos, lejos. Bien es verdad que el cuidado del buen nombre es una atención loable, porque la buena fama es esmalte de la virtud, premio, que no precio. Hase de estimar la honra, pero no afectar. Más precioso es el buen nombre, que todas las riquezas. En no estando la virtud en su buen crédito, está fuera de su centro y quien no está en la gloria de su buena fama forzoso es que esté condenado al infierno de su infamia, al tormento de la desestimación, más insufrible á más conocimiento. Es la honra sombra de la virtud, que la sigue y no se consigue, huye del que la busca y busca á quien la huye, es efecto del bienobrar, pero no afecto, decorosa al fin diadema de la hermosísima Virtud.
Célebre puente, como tan temida, daba paso á la gran ciudad, ilustre corte de la heroica Honoria, aquella plausible reina de la estimación, y por eso tan venerada de todos.
La puente de los Peros.
Era un paso muy peligroso, por estar todo él sembrado de perinquinosos peros, en que muchos tropezaban y los más caían en el río del reir, quedando muy mojados y aun poniéndose de lodo, con mucha risa de la inumerable vulgaridad, que estaba á la mira de sus desaires.
Era de ponderar la intrepidez con que algunos confiados y otros presumidos se arrojaban y los más se despeñaban, anhelando á pasar de un extremo de bajeza á otro de ensalzamiento y tal vez de la mayor deshonra á la mayor grandeza, de lo negro á lo blanco y aun de lo amarillo á lo rojo, pero todos ellos caían con harta nota suya y risa de los sabidores.
Así le sucedió á uno, que pretendió pasar de villano á noble, otro de manchado á limpio, diciendo que tras el sábado, se sigue el domingo; pero él fué de guardar. No faltó quien del mandil á mandarín, de mozo de ciego á don Gonzalo y una otra muy desvanecida de la verdura al verdugado. Quería una pasar por doncella; más riéronse de su caída. Como otro, que quiso ser tenido por un pozo de ciencia y fué un pozo de cieno.
El vulgar Sino.
No había hombre, que no tropezase en su pero y para cada uno había un sino.
D. Fray Juan Cebrián.
Gran príncipe tal, pero buen hombre. Ilustre prelado aquél, si fuera tan limosnero como nuestro arzobispo. Gran letrado, si no fuera malintencionado. ¡Qué valiente soldado!; perop. 61 gran ladrón. ¡Qué honrado caballero éste; sino que es pobre! ¡Qué docto aquél; si no fuera soberbio! Fulano santo, pero simple. Qué buen sujeto aquel otro y qué prudente; pero es embarazado. Muy bien entiende las materias; mas no tiene resolución. Diligente ministro; pero no es inteligente. Gran entendimiento; pero ¡qué malempleado! ¡Qué gran mujer aquélla; sino que se descuida! ¡Qué hermosa dama; si no fuera necia! Grandes prendas las de tal sujeto; pero ¡qué desdichado! Gran médico; poco afortunado: todos se le mueren. Lindo ingenio; pero sin juicio: no tiene sindéresis.
Así todos tropezaban en su pero. Raro era el que se escapaba y único el que pasaba sin mojarse. Topaba uno con un pero de un antepasado y, aunque tan pasado, nunca maduro, jamás se pudo digerir. El río de la risa.Al contrario, otro daba de hocicos en el de sus presentes y caían todos en el río de la risa común.
Bien lo merece, decía un émulo. ¿Quién le metía al peón en caballerías?
Lástima es, decía otro, que los de tal cepa no sean puros, siendo tan hombres de bien.
Las mujeres tropezaban en una chinita, en un diamante: terribles peros son las perlas para ellas. El airecillo las hacía bambanear y el donaire caer con mucha nota. Y es lo bueno que para levantarse nadie las daba la mano, sí de mano.
De verdad, que un gran personaje tropezó en una Mota, quedando muy desairado y aseguraban fué notable desorden.
Toda la puente estaba sembrada de cabo á cabo destos indigestos peros, en que los más de los viandantes tropezaban. Y si no en uno, daban de ojos en otro, aun en los pasados. Lamentábase un discreto, diciendo:
Señores, que tropiece uno en el propio y personal, merécelo; mas en el ajeno ¿por qué? Que haya de tropezar un marido en un cabello de su mujer, en un pelillo de su hermana, ¿qué ley es ésta?
Llegó uno jurando á fe de caballero, tan bueno, decía, comop. 62 el rey. No faltó quien le arrojó una erre, con que de rey, se hizo de reir.
Peros arrojadizos.
Á un cierto Ruy, le echó un malicioso una tilde y bastó para que rodase. Tropezó otro en un cuarto y quedóse en blanco. Rodábales á algunos la cabeza y quedaban hechos equis, por haber deslizado en los brindis.
Comenzó á pasar cierta dama, muy airosa. Hiciéronla unos y otros paso con plausible cortesía; pero al más liviano descuido dió en el lodo con toda su bizarría, que fué barro.
Tropezaban las más en piedras preciosas y eran muy despreciadas. Llegó á pasar un gran príncipe y muy adulado.
Éste sí, dijeron todos, que pasará sin riesgo; no tiene que temer: los mismos peros le temerán á él.
Mas, ¡oh caso trágico! deslizó en una pluma y tumbó al río, quedando muy mojado. En una aguja de coser tropezó alguno y en una lezna otro y era título. En una pluma de gallina un bizarro general.
¿Pues qué, si alguno entraba cojeando y de mal pie? Era cierto el rodar y en duda de tropiezo estaba la malicia por la deshonra. Creyó uno no le valdría aquí su riqueza, que en todos los demás pasos, por peligrosos que sean, suele sacar á su dueño de trabajo; mas al primer paso se desengañó. Que no vale aquí ni la espuela de oro ni la vira de plata.
Cruel paso, decían todos, el de la honra, entre tropiezos de la malicia. ¡Oh qué delicada es la fama, pues una mota es ya nota!
Aquí llegaron nuestros dos peregrinos á serlo, encaminados de Virtelia á Honoria, su gran cara, aunque confinante, tan querida, que la llamaba su gozo y su corona. Deseaban pasar á su gran corte; pero temían con razón el azaroso paso de los peros y era preciso, porque no había otro.
Estaban pasmados viendo rodar á tantos y temblábales la barba, viendo las de sus vecinos tan remojadas. Asomó en esta sazón á querer pasar un ciego.
Lección de vivir.
Levantaron todos el alarido, viéndole comenzar tentando, y tuvieron por cierto había dep. 63 tumbar al primer paso; mas fué tan al contrario, que el ciego pasó muy derecho. Valióle el hacerse sordo. Porque, aunque unos y otros le silbaban y aun le señalaban con el dedo, él, como no veía ni oía, no se cuidaba de dichos ajenos, sino de obras propias y pasar adelante con gran quietud de ánimo. Y así sin tropezar ni en un átomo llegó al cabo de lo que quería, con dicha harto envidiada. Al punto dijo Critilo:
Este ciego ha de ser nuestra guía, que solos los ciegos, sordos y mudos pueden ya vivir en el mundo. Tomemos esta lición, seamos ciegos para los desdoros ajenos, mudos para no zaherirlos ni jactarnos, conciliando odio con la murmuración, en la recíproca venganza. Seamos sordos para no hacer caso de lo que dirán.
Con esta lición pudieron pasar. Por lo menos fueron pasaderos con admiración de muchos y imitación de pocos.
Entraron ya por aquel célebre emporio de la honra, poblado de majestuosos edificios, magníficos palacios, soberbias torres, arcos, pirámides y obeliscos, que cuestan mucho de erigir, pero después eternamente duran. Repararon luego que todos los tejados de las casas, hasta de los mismos palacios, eran de vidrio tan delicado como sencillo; muy brillantes, pero muy quebradizos, y así pocos se veían sanos y casi ninguno entero.
Descubrieron presto la causa y era un hombrecillo tan nonada, que aun de ruin jamás se veía harto. Tenía cara de pocos amigos y á todos la torcía, mal gesto y peor parecer, los ojos más asquerosos que los de un médico y sea de la cámara, brazos de acribador, que se queda con la basura, carrillos de catalán y aun más chupados, que no sólo no come á dos, pero á ninguno. De puro flaco consumido, aunque todo lo mordía. Robado de color y quitándola á todo lo bueno. Su hablar era zumbir de moscón, que en las más lindas manos, despreciando el nácar y la nieve, se asienta en el venino. Nariz de sátiro y aun más fisgona. Espalda doble, aliento insufrible, señal de entrañas gastadas. Tomaba de ojo todo lo bueno y hincaba el diente en todo lo malo. Él mismo se jactaba de tener mala vista y decía:
Maldito lo que veo.
Y miraba á todos.
Éste, pues, que por no tener cosa buena en sí todo lo hallaba malo en los otros, había tomado por gusto el dar disgusto. Andábase todo el día, y no santo, tirando peros y piedras y escondiendo la mano, sin perdonar tejado. Persuadíase cada uno que su vecino se las tiraba y arrojábale otras tantas. Éste creía que le hacía el tiro aquél y aquél que el otro, sospechando unos de otros y tirándose piedras y escondiendo todos la mano.
Murmuración común.
En duda arrojaban muchas por acertar con alguna y todo era confusión y popular pedrisco, de tal modo ó tan sin él, que no se podía vivir ni había quien pudiese parar. Venían por el aire volando piedras y tiros, sin saberse de dónde ni por qué. Así que no quedaba tejado sano ni honra segura ni vida inculpable. Todo era malas voces, hablillas, famas echadizas y los duendes de los chismes no paraban.
Yo no lo creo, decía uno; pero esto dicen de fulano.
Lástima es, decía otro, que de fulana se diga esto.
Y con esta capa de compasión hacía un tiro, que quebraba todo un tejado. Pero no faltaba quien de retorno les rompía á ellos las cabezas. Y á todo esto andaba revolviendo el mundo aquel duendecillo universal.
Había tomado otro más perjudicial de porte y era arrojar á los rostros, en vez de piedras, carbones, que tiznaban feamente, y así andaban casi todos mascarados, haciendo ridículas visiones, uno con un tizne en la frente, otro en la mejilla, y tal, que le cruzaba la cara, Ninguno se conoce. riéndose unos de otros, sin mirarse á sí mismos ni advertir cada uno su fealdad, sino la ajena. Era de ver y aun de reir cómo todos andaban tiznados, haciendo burla unos de otros.
¿No veis, decía uno, qué mancha tan fea tiene fulano en su linaje? ¡Y que ose hablar de los otros!
Pues él, decía otro, ¡que no vea su infamia tan notoria y se meta á hablar de las ajenas! ¡Que no haya ninguno con honra en su lengua!
Mirá quién habla, saltaba otro, teniendo la mujer que tiene. Cuánto mejor fuera cuidara él de su casa y supiera de dónde sale la gala.
Estando diciendo esto, estaba actualmente otro santiguándose:
¡Que éste no advierta que tiene él por qué callar, teniendo una hermana cual sabemos!
Pero déste, añadía otro, harto mejor fuera que se acordara él de su abuelo y quién fué. Siempre lo veréis que hablan más los que debrían menos.
¡Hay tal desvergüenza en el mundo, que ose hablar aquél!
¡Hay tal descoco de mujer, que se adelante ella á decir y quitarla á la otra la palabra de la lengua!
Desta suerte andaba el juego y la risa de todo el mundo, que siempre la mitad dél se está riendo de la otra, burlándose unos de otros y todos mascarados. Éstos se fisgaban de aquéllos y aquéllos déstos y todo era risa, ignorancia, murmuración, desprecio, presunción y necedad y triunfaba el ruincillo.
Espejo práctico.
Reparaban algunos más advertidos, si no más felices, en que se reían dellos y acudían á una fuente, espejo común en medio de una plaza, á examinarse de rostro en sus cristales y, reconociendo sus tiznes, alargaban la mano al agua, que, después de haber avisado del defeto, da el remedio y limpia. Pero, cuanto más porfiaban en lavarse y alabarse, peores se ponían, pues, enfadados los otros de su afectado desvanecimiento, decían:
¿No es éste aquel, que vendía y compraba? ¿Pues qué nos viene aquí vendiendo honras?
Aguarda ¿no es aquél hijo de aquel otro? ¿Pues por cuatro reales, que tiene, anda tan deslavado, no siendo su hidalguía tanto al uso, cuanto al aspa?
Lo peor era que la misma agua clara sacaba á luz muchasp. 66 manchas, que estaban ya olvidadas. Y así, á uno, que trató de alabarse de ingénuo, le salió una ese, que era decir:
Ése es ése.
Yo lo sé de buena tinta, decía uno, que fulano es un tal.
Y no era sino harto mala, pues echaba tales borrones.
Sentía mucho cierta señora, que blasonaba de la más roja sangre del reino, se le atreviese la murmuración y no advertía que la mancha de un descuido sale más en el brocado, como la roncha en la belleza.
Estaba otra muy corrida de que siendo ya matrona la echaban en la cara no sé qué niñería de allá cuando rapaza.
Estaba el otro para conseguir una dignidad y salíale al rostro un tizne de no sé qué travesura de su mocedad.
Pero el que se sintió mucho fué un príncipe, en cuya esclarecida frente echó un historiador un borrón, sacudiendo la pluma.
Aquello de haber sido no podía uno tolerar. Que el ser ahora salga á la cara, pase; ¡pero por qué allá mi tartarabuelo lo fué!
¿Qué razón hay, que por lo que pasó en tiempo del rey que rabió, ponderaba otro, me hagan á mí rabiar?
Lo más acertado era callar y callemos y no alabarse. Porque de los blasones de las armas hacían los otros baldones. Y aun desde que dieron en lavarse en la fuente de la presunción y desvanecimiento, les salieron más manchas á la cara. Y unos otros se daban en rostro con las fealdades de allá de mil años. Ninguno
sin crimen.Y fué de suerte, digo desdicha, que no quedó rostro sin lunar, ojo sin lagaña, lengua sin pelo, frente sin arruga, mano sin berruga, pie sin callo, espalda sin giba, cuello sin papera, pecho sin tos, nariz sin romadizo, uña sin enemigo, niña sin nube, cabeza sin remolino, ni pelo sin repelo. En todos había algo, que señalase con el dedo aquel malsín y de que se recelasen los otros. Y aun todos iban huyendo dél, diciendo á voces:
¡Guarda el ruincillo, guarda el maldiciente!
¡Oh maldita lengua!
Momo descubierto.
Conocieron con esto que era Momo y huyeran también, si no les emprendiera él mismo, preguntándoles: ¿qué buscan? Que parecían extraños en lo perdido.
Respondiéronle venían en busca de la buena reina Honoria. Y él al punto:
¿Mujer y buena y en esta era? Yo lo dudo. En mi boca por lo menos no lo será. Yo las conozco todas y á todos y no hallo cosa buena. El buen tiempo ya pasó y con él todo lo bueno. En boca del viejo todo lo bueno fué y todo lo malo es. Con todo eso, yo os quiero hoy servir de brújula. Vamos discurriendo por la ciudad. Probemos ventura, que no será poca hallarla, siendo una de aquellas cosas de que piensa estar lleno el mundo, cuando más vacío.
Honra mundana.
Oyeron que estaba uno persuadiendo á otro perdonase á su enemigo y se quietase y respondía él:
¿Y la honra?
Decíanle á otro que dejase la manceba y el escándalo de tantos años y él:
No sería honra ahora.
Á un blasfemo, que no jurase ni perjurase, y respondía:
¿En qué estaría la honra?
Á un pródigo, que mirase á mañana, que no tendría hacienda para cuatro días:
No es mi honra.
Á un poderoso, que no hiciese sombra al rufián y al asesino:
No es mi honra.
Pues hombres de Barrabás, dijo Momo, ¿en qué está la honra? ¿No digo yo?
Á otro lado oyeron decir á uno:
Mirá fulano, en qué pone su honra.
Y respondía éste:
Y él ¿en qué la pone? Mirá éste, mirá aquél y miradlos á todos en qué la ponen.
Decía un linajudo, muy preciado de honrado, que á él le venía muy de atrás, allá de sus antepasados, de cuyas hazañas vivía.
Esa honra, señor mío, le dijo Momo, ya no huele bien; rancia está: tratad de buscar otra más plática. Poco importa la honra antigua, si la infamia es moderna. Y si no os vestís de las ropas de vuestros antepasados, porque no son al uso, ni salís un día con la martingala de vuestro abuelo, porque se reirían de tal vejedad, no pretendáis tampoco arrear el ánimo de sus honores; buscad en nuevas hazañas la honra al uso.
No faltó quien les dijo hallarían la honra en la riqueza.
No puede ser, dijo Momo, que honra y provecho no caben en ese saco.
Encamináronse á casa de los hombres famosos y plausibles y hallaron se habían echado á dormir. Encontraron un caballero nuevo corriendo ilustre sangre y al punto dijeron:
Éste sí que sabrá della.
Halláronle, que estaba sudando y reventando, más que si llevara un mundo á cuestas. Gemía y suspiraba sin cesar.
¿Qué tiene este hombre?, dijo Andrenio. ¿De qué trasuda?
¿No ves, dijo Momo, aquel punto indivisible, que carga sobre sus hombros? Pues ése es el que le abruma.
Mirá ahora, replicó Andrenio, qué Atlante parando espaldas á un cielo, qué Hércules apuntalando la monarquía de todo el mundo.
Punto de honra.
Pues ese puntillo, ponderó Momo, les hace á muchos sudar y tal vez reventar: por conservar aquel punto en que se metió ó le metieron anda toda la vida gimiendo, fáltanle las fuerzas, añádense las cargas, crecen los gastos, menguan las haciendas y el punto no ha de faltar.
Si la habéis de hallar, les dijo uno, ha de ser en lo que arrastra.
Honra, que va por tierra, ponerse ha de lodo, dijo Critilo.
Digo que sí, que lo que arrastra honra.
Lo que honra, arrastra.
Eso no, saltó Momo. Yo digo al revés, que lo que honra arrastra y esta negra honrilla trae arrastrados á muchos. ¡Oh, á cuántos traen arrastrados las galas y cadenas de las mujeres, las libreas de los pajes, y andan corridos cuando más honrados!
Dicen que hacen lo que deben.
Yo digo al revés, que deben lo que hacen y dígalo el mercader y el oficial y los criados.
Hallaron otro y otros muchos, que estaban echando los bofes y la misma hiel por la boca.
Peor es esto, dijo Andrenio.
Pues si en algunos se ha de hallar la honra, dijo Momo, ha de ser en éstos.
¿Y por qué?
Porque revientan de honrados.
Caro les cuesta la negra de la honrilla.
Y lo peor es que, cuando más la piensan conseguir, entonces la alcanzan menos, perdiendo tal vez la vida y cuanto hay.
No os canséis, dijo uno, que no la hallaréis en toda la vida, sino en la muerte.
¿Cómo en la muerte?
Sí, que aquel día es el de las alabanzas y tras la muerte le hacen las honras.
¡Oh, qué donosa cosa!, dijo Andrenio. En un saco de tierra poca honra cabrá. Cara es la honra, que cuesta el morir y, si un muerto es tierra y nada, toda su honra será nonada.
Mucho es, ponderaba Critilo, que ni hallemos á Honoria en su corte ni la honra en una tan populosa ciudad.
Honra y en ciudad grande, dijo Momo, muy mal se encuadernan. En otro tiempo aún se hallara la honra en las ciudades; pero ya está desterrada de todas. Asegúroos que todo lo bueno se perdió en ésta, el día que echaron della aquel gran personaje, tan digno de eterna observación y conservación, á quien todos respetaban por su gran caudal y gobierno. El salía por una puerta ¡qué lástima! y todas las ruindades entraban por otra, ¡qué desdicha!
¿Qué varón fué ése, preguntaron, de tanta importancia y autoridad?
Era el gobernador de la ciudad y aun dicen hijo de la misma reina Honoria. No había Licurgo como él ni hubo jamás república de Platón tan concertada como ésta. Todo el tiempo, que él la asistió, no se conocían vicios ni se sonaba un escándalo, no paraba malhechor ni ruin.
Don Pedro Pablo Zapata.
Porque todos le temían más que al mismo gobernador de Aragón. Más recababa su respeto, que las mismas leyes, y más le temían á él, que á las dos columnas del suplicio. Pero luego que él faltó, se acabó todo lo bueno.
¿No nos dirías quién fué un personaje tan insigne y tan cabal?
Provechos
del qué dirán.
De verdad que era bien nombrado y me espanto mucho no deis en la cuenta. Éste era el prudente, el atento, el temido ¿Qué dirán?, sujeto bien conocido, que los mismos príncipes le respetaban y aun le temían, diciendo:
¿Qué dirán de un príncipe como yo, que debiendo ser el espejo, que compone todo el mundo, soy el escándalo, que lo descompone?
¿Qué dirán, decía el título, que no cumplo con mis obligaciones, siendo tantas, que degenero de mis antepasados, famosos héroes, que me dejaron tan empeñado en hazañas y yo me empeño en bajezas?
¿Qué dirán de mí, decía el juez, que atropello la justicia, debiéndola yo amparar y de juez me hago reo? Eso no dirán de mí.
Cuando más acosada la casada, acordábase dél y decía:
¿Qué dirán de mí, que una matrona como yo de Penélope me trueco en Elena, que pago mal el buenproceder de mi marido con mi malparecer? Eso no, líbreme Dios de tan mal gusto.
Hasta la recatada doncellita se conservaba en el jardín de su retiro, diciendo:
¿Yo, que soy una fragante flor, había de dar tan mal fruto? ¿Yo, siendo una rosa, ser risa del mundo? ¿Yo ver ni ser vista? ¿Yo, por hablar, dar qué decir? De eso me guardaré yo muy bien.
¿Qué dirán, decía la viuda, que á muerto marido, amigo venido, que del riego de mi llanto nace el verde de mis gustos, que tan presto trueco el requiem en aleluya?
No dirán tal, decía el soldado, que yo me calce botas de fuina. ¿Qué dirán de un español, que entre galos soy gallina?
¿Qué dirían de un hombre de mis prendas, decía el sabio, que de alumno de Minerva me hago vil esclavo de Venus?
¿Qué dirán los mozos?, decía el viejo, y ¿qué dirán los viejos?, decía el mozo.
¿Qué dirán los vecinos?, decía el hombre de bien.
Y con esto todos se recataban.
¿Qué dirían mis émulos?, decía el cuerdo, ¿qué buen día para ellos y qué mala noche para mí?
¿Qué dirían los súbditos?, decía el superior, y ¿qué diría el superior?, decían los súbditos.
Desta suerte todo el mundo le temía y le respetaba y todo iba, no de concierto, pero muy concertado. Faltó él y faltó todo lo bueno ese mismo día. Todo está ya perdido, todo rematado. ¿Pues qué se hizo un Catón tan severo, un Licurgo tan regular qué se hizo? Que no pudiéndolo sufrir unos y otros, no pararon hasta echarle. Ostracismo
vulgar. Bárbaro vulgar ostracismo se conjuró contra él y por ser bueno le desterraron al uso de hoy. Sabed que con el tiempo, que todo lo trastorna, fué creciendo esta ciudad, aumentándose en gente y confusión: que toda gran corte es Babilonia. No se conocían ya unos á otros, achaque de poblaciones grandes. Comenzaron con esto poco á poco á desestimar su gran gobierno, de ahí á no hacer caso dél, luego á atrevérsele. Como todos eran malos, no se espantaban unos de otros, no decían éstos de aquéllos; cada uno se miraba á sí y enmudecía, metía la mano en el seno y sacábala tan sarnosa, que no se picaba de la ajena. No decían ya ¿qué dirán?; sino ¿qué diré yo dél, que no diga él de mí y mucho más? Desta suerte, mancomunados todos, echaron fuera el ¿Qué dirán? y al punto se perdió la vergüenza, faltó la honra, retiróse el recato, huyó el pundonor. Ya no se atendía á obligaciones, con que todo se asoló. Al otro día la matrona dió en matrera, la doncella de vestal en bestial, el mercader á escuras, para dejar á ciegas, el juez se hizo parte con el que parte, los sabios con resabios, el soldado quebrado. Hasta el espejo universal se hizo común. Así que ya no hay honra ni se parece.
He, no nos cansemos en buscar tarde lo que otros no pudieron hallar ni al mediodía.
¿Pues en una ciudad tan famosa?, ponderaba Critilo.
Honra desestimada.
Trocóse en fumosa, dijo Momo, con tanto humo y tanto hollín y todo confusión.
Tú te engañas, replicó en alta voz un otro personaje, que allí se dejó ver, por ser bien visible en lo grueso y bienvisto en lo agradable, muy diferente de Momo y aun su antagonista en su aspecto, trato, genio, traje, hechos y dichos.
¿Qué sujeto es éste?, preguntó Andrenio á uno de los del séquito, que era tan mucho, como popular.
Y respondióle:
Bien dijiste, sujeto á todos y de todos.
¡Qué colorado que está!
Como el que de nada se pudre.
¡Qué aprovechado! Trata de vivir.
Parece hombre de lindos hígados y mejor melsa. ¿Cómo ha engordado tanto en estos tiempos?
Come el pan de todos.
Parece simple.
Es conveniencia. Porque en siendo uno entendido es temido y luego aborrecido.
No muestra saber de la misa la media.
Harto sabe, pues sabe decir amén.
¿Y cómo se llama?
Tiene muchos nombres y todos buenos. Unos le llaman el buen hombre, otros el buen Juan Escolán de Amén, manja con tuti, el buen pan, pasta real; pero su propio nombre en español es sí, sí, y en italiano bono, bono. El contrario
de Momo.Y así como á Momo se le dió el nombre de No, no, que corrompida la ene por ignorancia ó malicia quedó en Momo: así á éste de bono bono le quedó el bo bo, porque todo lo abona y todo lo alaba. Pues, aunque sea la más alta necedad, dice:
Bueno, bueno.
Al más solemne disparate:
¡Qué bien!
Á la mayor mentira:
Sí, sí.
Al peor desacierto:
Está bien.
Á la más calificada bobería:
¡Lindamente!
Desta suerte vive y bebe con todos y de todo engorda, que tiene linda renta en la ajena bobería.
Pues si eso es, llamáranle Eco de la necedad. Pero díme: ¿cómo no le tuvieron por dios los antiguos, así como á Momo y con más razón, por ser más plausible y más agradable?
Hay mucho que decir en eso. Sienten unos que, aunque siempre trata de lisonjear, como cada uno piensa que se le debe lo que se le dice, ninguno lo agradece. Sirve á muchos y ninguno le paga y morirá comido de lobos. Otros dicen que realmente no es de provecho en el mundo, antes de mucho daño. Lo cierto es que la malicia humana no ha estimado tanto sus simplicidades, cuanto temido las quemazones de Momo.
Alborotóse mucho éste, luego que le vió. Trabóse entre los dos una reñida pendencia. Acudieron todos los apasionados de ambos, haciéndose á dos bandas. Lisonja
perniciosa.Los sátrapas, los críticos, entendidos, bachilleres, podridos, caprichosos, satíricos y maldicientes, se empeñaron por Momo. Al contrario, los panarras,p. 74 buenos hombres, amenistas, lisonjeros, sencillos y buenas pastas se hicieron á la banda de Bobo. Critilo y Andrenio se estaban á la mira, cuando se llegó á ellos un prodigioso sujeto y les dijo:
No hay mayor necedad que estárselas oyendo. Si venís en busca de la Honra, seguidme, que yo os guiaré adonde está la honra del mundo entero.
Dónde los llevó y dónde realmente la hallaron se queda para otra Crisi.
CRISI XII. El trono del mando
Competían las Artes y las Ciencias el soberano título de reina, sol del entendimiento y augusta emperatriz de las letras. Después de haber hecho la salva á la sagrada Teología, verdaderamente divina, pues toda se consagra á conocer á Dios y rastrear sus infinitos atributos, Competencia
de las Ciencias.habiéndola sublimado sobre sus cabezas y aun sobre las estrellas, que fuera indecencia adocenarla, prosiguióse la competencia entre todas las demás, que se nombran de las tejas abajo luceros de la verdad y nortes seguros del entendimiento.
Viéronse luego hacer de parte de ambas filosofías todos los mayores sujetos, los ingeniosos á la banda de la natural y los juiciosos de la moral, señalándose entre todos Platón, eternizando divinidades, y Séneca sentencias. No fué menos numeroso ni lucido el séquito de la humanidad, gente toda de buen genio. Y entre todos un discreto de capa y espada, habiendo arengado por ella, concluyó diciendo:
¡Oh plausible Enciclopedia, que á ti se reduce todo el plático saber! Tu mismo nombre de humanidad dice cuán digna eres del hombre. Con razón los entendidos te dieron el apellido de las Buenas Letras, que entre todas las Artes tú te nombras en pluralidad la buena.
Pero ya Bártulo y Baldo comenzaron á alegar por la Jurisprudencia, acotando entre los dos docientos textos con memoriosa ostentación. Probaron con evidencia que ella había hallado aquel maravilloso secreto de juntar honra y provecho, levantando los hombres á las mayores dignidades, hasta la suprema.
Riéronse desto Hipócrates y Galeno, diciendo:
Señores míos, aquí no va menos que la vida. ¿Qué vale todo sin salud? Y el complutense Pedro García, que desmintió lo vulgar de su renombre con su fama, ponderaba mucho aquel haber encargado el divino Sabio el honrar los médicos, no los letrados ni los poetas.
Aquí de la Honra y de la Fama, blasonaba un historiador. Esto sí que es dar vida y hacer inmortales las personas.
He, que para el gusto no hay cosa como la Poesía, glosaba un poeta. Bien concederé yo que la Jurisprudencia se ha alzado con la honra, la Medicina con el provecho; pero lo gustoso, lo deleitable quédese para los canoros cisnes.
¿Pues qué y la Astrología, decía un matemático, no ha de tener estrella, cuando se carea con todas y se roza con el mismo sol?
He, que para vivir y para valer, decía un ateísta, digo un estadista, á la Política me atengo. Ésta es la ciencia de los príncipes y así ella es la princesa de las ciencias.
Desta suerte corría la pretensión á todo discurrir, cuando el gran canceller de las letras, digno presidente de la docta academia, oídas las partes y bien ponderadas sus eficacísimas razones, dió muestras de pronunciar sentencia. Calmó en un punto el confuso murmullo y fué tanta la atención, cuanta la expectación. Allí se vió todo pedante sacar cuello de cigüeña, plantar de grulla, atisbar de mochuelo y parar oreja de liebre. En medio de tan antonina suspensión, que ni una mosca se oía, desabrochando el pecho el severo presidente, sacó del seno unp. 76 libro enano, no tomo, sino átomo, de pocas más que doce hojas, y levantándole en alto á toda ostentación, dijo:
Práctico saber.
Ésta sí que es la corona del saber, ésta la ciencia de ciencias, ésta la brújula de los entendidos.
Estaban todos suspensos admirándose y mirándose unos á otros, deseosos de saber qué arte fuese aquélla, que según parecía no se parecía y dudaban del desempeño. Volvió él segunda vez á exagerar:
Éste sí que es el plático saber, ésta la arte de todo discreto, la que da pies y manos y aun hace espaldas á un hombre. Ésta la que del polvo de la tierra levanta un pigmeo al trono del mando. Cedan las Auténticas del César, retírense los Aforismos del médico, llamados así, ya por lo desaforado, ya porque echan fuera del mundo á todo viviente. ¡Oh qué lición ésta del valer y del medrar! Ni la política ni la filosofía ni todas juntas alcanzan lo que ésta con sola una letra.
Crecía á varas el deseo con tanta exageración y más por extrañarse en la boca de un atento.
Finalmente, dijo, este librito de oro fué parto noble de aquel célebre gramático, prodigioso desvelo de Luis Vives y se intitula: De Conscribendis epistolis; Arte de escribir...
No pudo acabar de pronunciar cartas, porque fué tal la risa de todo aquel erudito teatro, tanta la tempestad de carcajadas, que no pudo en mucho rato tomar la vez ni la voz para desempeñarse. Volvía ya á esconder el librillo en el seno con tal severidad, que bastó á serenarlos, y muy compuesto les dijo:
Mucho he sentido el veros hoy tan vulgarizantes. Sólo puede ser satisfación el reconoceros desengañados. Dictar
una Carta.Advertí que no hay otro saber en el mundo todo, como el saber escribir una carta. Y quien quisiere mandar, platique aquel importante aforismo: Qui vult regnare, scribat, quien quiere reinar, escriba.
Este ponderativo suceso les refirió un ni persona ni aun hombre, sino sombra de hombre, rara visión y al cabo nada. Porque ni tenía mano en cosa ni voz ni espaldas ni piernas que hap. 77cer ni podía hombrear ni en toda su vida se vió hecha la barba. Tanto, que admirado Andrenio, le preguntó:
¿Eres ó no eres? Y si eres, ¿de qué vives?
Yo, dijo, soy sombra y así siempre ando á sombra de tejado. Y no te espantes, que los más en el mundo no nacieron más que para ser sombras de la pintura, no luces ni realces. Porque un hermano segundo ¿qué otra cosa es sino sombra del mayorazgo? El que nació para servir, el que imita, el que se deja llevar, el que no tiene sí ni no, el que no tiene voto proprio, cualquiera que depende ¿qué son todos, sino sombras de otros? Creedme, que los más son sombras. Que aquéllos las hacen y éstos les siguen. La ventura consiste en arrimarse á buen árbol, para no ser sombra de un espino, de un alcornoque, de un quejigo. Por eso yo voy en busca de algún gran hombre, para ser sombra suya y poder mandar el mundo.
¿Tú, replicó Andrenio, mandar?
Sí, pues muchos, que fueron menos y aun nada, hay llegado á mandarlo todo. Yo sé que me veréis bien presto entronizado. Dejá que lleguemos á la corte: que, si ahora soy sombra, algún día seré asombro. Vamos allá y allí veréis la honra del mundo en el ínclito, justo y valeroso Ferdinando Augusto. Honra y virtud.Él es la honra de nuestro siglo, la otra columna del non plus ultra de la fe, trono de la justicia, basa de la fortaleza y centro de toda virtud. Y creedme que no hay otra honra, sino la que se apoya en la virtud; que en el vicio no puede haber cosa grande.
Alegráronse mucho ambos peregrinos, viendo se acercaban á aquella ciudad, estancia de su buscada prenda y término de su felicidad deseada.
Corte de Cortes.
Vieron ya campear en la superioridad de la más alta eminencia una imperial ciudad, la primera que los solares rayos coronan. Fuéronse acercando y admirando un número sin cuenta de gentes, anhelando todos en su falda por subir á su corona. Para más satisfacerse ambos peregrinos, preguntaron si era aquella la corte.
¿Pues no se da bien á conocer, les respondieron, en la muchedumbre de impertinentes? Ésta es la corte y aun todas las cortes en ella. Éste es el trono del mando, donde todos revientan por subir y así llegan reventados, unos á ser primeros, otros á ser segundos y ninguno á ser postrero.
Vieron que echaban algunos, bien pocos, por el rodeo de los méritos; mas era un acabar de nunca acabar. El más manual, más que el de las letras, del valor y virtud, era el del oro; pero la dificultad consistía en fabricarse escala. Que de ordinario los más beneméritos suelen ser los más imposibilitados. Echáronle á uno por favor, más que por elección, una escala de lo alto y él, en estando arriba, la retiró, porque ningún otro subiese. Al contrario, otro arrojó desde abajo un gancho de oro y enganchóse en las manos de dos ó tres, que estaban arriba, con que pudo trepar ligero. Volatines
de la ambición.Y déstos había raros volatines de la ambición, que por maromas de oro volaban ligerísimos. Estaba votando uno y blasfemando.
¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio.
Y respondiéronle:
Echa votos, por los que le han faltado.
Lo que más admiraron fué que, siendo la subida muy resbaladiza y llena de deslizaderos, llegó uno y comenzó á untarlos con un unto, que en lo blanco parecía jabón y en lo brillante plata.
¡Hay más calificada necedad!, decía.
Pero él Asombrado:
Aguardá, dijo, y veréis el maravilloso efeto.
Fuélo harto, pues en virtud desta diligencia pudo subir con ligereza y seguridad, sin amagar el menor vaivén.
Untar para
no resbalar.
¡Oh gran secreto, exclamó Critilo, untar las manos á otros, para que no se le deslicen á él los pies!
Ostentaban algunos prolijas barbas, torrentes de la autoridad, que, cuando más afectan ciencia, descubren mayor legalidad.
¿Por qué éstos, preguntó Andrenio, no se hacen la barba? ¡Oh, respondió el Asombrado, porque se la hagan!
Reconocieron uno, que parecía necio y realmente lo era, según aquel constante aforismo, que son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen. Y con ser incapaz, había muchos entendidos, que le ayudaban á subir y lo diligenciaban por todas las vías posibles, no cesando de acreditarle de hombre de gran testa, contra todo su dictamen, de gran valor y muy cabal para cualquier empleo.
¿Qué pretenden estos sabios, reparó Critilo, con favorecer á este tonto, procurando con tantas veras entronizarle?
¡Oh!, dijo el Asombro, ya espanto, ¿no veis que, si éste sube una vez al mando, que ellos le han de mandar á él? Es testa de ferro, en quien afianzan ellos el tenerlo todo á su mano. ¡Oh lo que valía aquí una onza de pía afición y un amigo un Perú, sobre todo, un pariente, aunque sea cuñado! Porque decían:
¡De los tuyos hayas!
Mas Critilo, anteviendo tantas y tan inaccesibles dificultades, trataba de retirarse, consolándose á lo zorro de los racimos y diciendo:
He, que el mandar, aunque es empleo de hombres, pero no felicidad. Y cierto, ponderaba, que para gobernar locos es menester gran seso y para regir necios, gran saber. Yo renuncio á los cargos por sus cargas.
Y encogiendo los hombros, volvía las espaldas. Detúvole el Asombro con aquella paradoja sentencia, para unos de vida y de muerte para otros:
Monarca ó loco.
Que un hombre había de nacer ó rey ó loco; no hay medio, ó César ó nada. ¿Qué sabio, decía, puede vivir sujeto á otro y más á un necio? Más le vale ser loco, no tanto para no sentir los desprecios, cuanto para dar luego en rey de imaginación y mandar de fantasía. Yo, con ser sombra, no me tengo por desahuciado de llegar al mando.
¿Pues en qué confías?, dijo Andrenio.
Cuando se oyó una voz, que desde lo más alto decía:
Allá va, allá va.
Estaban todos suspensos en expectación de qué vendría, cuando vieron caer á los pies de la Sombra unas espaldas de hombre y muy hombre, fuertes hombros y trabadas costillas.
Asegundó el grito:
Allá van.
Y cayeron dos manos con sus brazos tan rollizos, que parecía cada uno un brazo de hierro. Desta suerte fueron cayendo todas las prendas de un varón grande. Estaban los circunstantes atónitos de ver el suelo poblado de humanos miembros; mas la Sombra los fué recogiendo todos y revistiéndoselos de uno en uno, con que quedó muy persona, hombre de poder y valer. Y el que antes parecía nada y podía nada y era tenido en nada, se mostró ahora un tan estirado gigante, que todo lo podía. De modo que uno le hizo espaldas, otro la barba. No faltó quien le dió la mano ni quien le fuese pies. Conque pudo hacer piernas y hombrear. Hasta entendimiento tuvo quien le diese. En viéndose hombre, trató de subirse á mayores y pudo y aun prestar favor á sus camaradas, á quienes hizo espaldas para su mayor ascenso.
La fuente del olvido.
Toparon en la primera grada del medrar una fuente rara, donde todos se prevenían para la gran sed de la ambición y causaba contrarios efectos. Uno de los más notables era un olvido tan estraño de todo lo pasado, que no sólo se olvidaban de los amigos y conocidos de antes, causándoles increíble pesadumbre ver testigos de su antigua bajeza; pero de sus mismos hermanos. Y aun hubo hombre tan bárbaramente soberbio, que desconoció el padre, que le engendró, borrando de su memoria todas las obligaciones pasadas, los beneficios recibidos, favoreciendo hechuras nuevas, queriendo antes ser acreedores, que obligados. Más estimaban fiar, que pagar. Pero ¿qué mucho, si llegaron los más á olvidarse de sí mismos y de lo que habíanp. 81 sido, de aquellos principios de charcos, en viéndose en alta mar, y de todo cuanto les pudiera acordar su basura, obligándoles á deshacer la rueda? Infundía una ingratitud increíble, una tesura enfadosísima, una estrañez notable y al fin mudaba un entronizado totalmente, dejándole como elevado, que ni él se conocía ni los otros le acababan de conocer. ¡Tanto mudan las honras las costumbres!
Llegaron á lo alto en ocasión, que todos andaban turbados y la corte alborotada, por haber desaparecido uno de los mayores monarcas de la Europa y, habiéndole buscado por cien partes, no le podían descubrir. Sospechaban algunos se habría perdido en la caza: que no sería el primero. Que en casa de algún villano habría hecho noche, despertando de su gran sueño y cenando desengaños el que tan ayuno vivía de verdades.
Príncipede Estrella.
Mas llegó el día y no pareció. Era grande y general el sentimiento, porque era amado de todos por sus grandes prendas, príncipe de estrella, que no es poco. No quedó Yuste, San Dionís, Casa de Campo, bosque ni jardín, donde no le buscasen. Hasta que finalmente le hallaron donde menos pensaban ni pudiera imaginarse, pues en un mercado, entre los ganapanes y esportilleros, vestido como uno dellos, porteando tercios y alquilando sus hombros por un real. Quedaron atónitos de verle tan trocado, comiendo un pedazo de pan con más gusto que en su palacio los faisanes. Estuvieron por un gran rato suspensos, sin acertar á decir palabra, no acabando de creer lo que veían. Quejáronsele con el debido sentimiento de que hubiese dejado su real trono y se hubiese abatido á un empleo tan soez. Mas él les respondió:
En mi palabra, que es menos pesada la mayor carga déstas, aunque sea de muchas arrobas de plomo, que la que he dejado. El tercio más cantioso me parece una paja, respeto de un mundo acuestas y que me lo han agradecido mis hombros. ¿Qué cama de brocado como este suelo, sin cuidados, donde he dormido más estas cuatro noches, que en toda mi vida?
Suplicábanle volviese á su grandeza; mas él:
Rey de sí mismo.
Dejadme estar, respondió, que ahora comienzo á vivir: ya me gozo y soy rey de mí mismo.
Pues, señor, volviéronle á hacer instancia, ¿cómo un príncipe de tan alto genio ha podido humanarse á conversar con tan vil canalla, horrura mayor del vulgo?
He, que no se me ha hecho de nuevo. ¿No andaba yo en el palacio rodeado de truhanes, simples, enanos y lisonjeros, peores sabandijas, á dicho de un rey Magnánimo?
Rogáronle unos y otros volviese al mando y él por última resolución les dijo:
Andad, que, habiendo probado ya esta vida, gran locura sería volver á la pasada.
Trataron de elegir otro, que debía ser en Polonia, y pusieron la mira en uno, nada niño y mucho hombre, Prendas
majestuosas.de gran capacidad y valor, de gran inteligencia y ejecución, con otras mil prendas majestuosas, así de hombre como de rey. Presentáronle la corona; mas él, tomándola en sus manos y sospesándola, decía:
Á gran peso, gran pesar. ¿Quién podrá sufrir un dolor de cabeza de por vida? Tú pesando y yo pensando.
Pidió que por lo menos se la sustentase con dos manos un hombre de valor, porque no cargase todo el peso sobre su cabeza. Mas díjole el venerable presidente del parlamento:
Eso, Sire, más sería tener el otro la corona en su mano, que vos en la cabeza.
Llegó á vestirse la rica y vistosa púrpura y, hallándola forrada, no en martas de piedad, sino en erizos de pena, vestíasela algo holgada. Mas diciéndole el maestro de ceremonias se la había de ceñir de modo, que quedase bien ajustada, comenzó á suspirar por un pellico. Pusiéronle el cetro en la mano y fué tal el peso, que preguntó si era remo, temiendo más tempestades, que en el golfo de León. Era cuanto más precioso más pesado y tenía por remate, no las hojas de una flor, sino losp. 83 ojos en frutos: un ojo muy vigilante, que valía por muchos. Preguntó qué significaba y el gran Canceller le dijo:
Cetros con ojos.
Está haciéndoos del ojo y diciendo: Sire, ojo á Dios y á los hombres, ojo á la adulación y á la entereza, ojo á conservar la paz y acabar la guerra, ojo al premio de los unos y al apremio de los otros, ojo á los que están lejos y más á los que están cerca, ojo al rico y oreja al pobre, ojo á todo y á todas partes. Mirad al cielo y á la tierra, mirad por vos y por vuestros vasallos. Todo esto y mucho más está avisando este ojo tan dispierto. Y advertí que, si tiene ojos el cetro, también tiene alma, como lo experimentaréis, tirando de la parte inferior.
Cetros con alma.
Ejecutólo y desenvainó un acicalado estoque: que es la justicia el alma del reinar. Leyéronle las leyes y pensiones de su cargo, que decían, la primera, no ser suyo, sino de todos; no tener hora propria, todas ajenas; ser esclavo común, no tener amigo personal, no oir verdades, lo que sintió mucho; haber de dar gusto á todos, contentar á Dios y á los hombres, morir en pie y despachando.
Basta, dijo, que yo también me acojo al sagrado de la libertad y desde ahora renuncio una corona, que se llamó así del corazón y sus cuidados, una púrpura felpada de cambrones, un cetro, remo y un trono, potro de dar tormento.
Acercósele un monstruo ó ministro y díjole al oído que tratase de tomar los cargos y no las cargas.
Reine, decía su madre, aunque me cueste la vida.
Tocaron á aplauso los coribantes, embelesándole con ruidosa pompa, en que salió cortejado de la noble bizarría y aclamado de la populosa vulgaridad. En medio della estaba Andrenio, ponderando la majestuosa felicidad del nuevo príncipe, cuando un estremado varón, llegándose á él, le dijo:
¿Crees tú que éste, que ves, es el príncipe que manda?
¿Cuál, pues, si éste no?, respondió Andrenio.
Y él:
¡Oh cómo te engañas de barra á barra!
Y mostrándole un esclavo vil con su argolla al cuello, cadena al pie, arrastrando un grande globo:
Éste es, le dijo, el que manda el mundo.
Túvolo ó por necedad ó por chiste y comenzóle á solemnizar.
Mas él se fué desempeñando á toda seriedad:
Porque mira, le dijo, aquella gran bola de hierros, ¿qué puede ser, sino el mundo, que él le trae al retortero? ¿Ves aquellos eslabones? Pues aquélla es la dependencia, aquel primero es el príncipe; aunque tal vez, sacando bien la cuenta, es el tercero, el quinto y tal vez el décimotercio. El segundo es un favorecido. Á éste le manda su mujer. Ella tiene un hijuelo en quien idolatra. El niño está aficionado á un esclavo, que pide al rapaz lo que se le antoja. Éste llora á su madre, ella importuna á su esposo, él aconseja al príncipe, que decreta de suerte que de eslabón en eslabón viene el mundo á andar rodando entre los pies de un esclavo, errado de sus pasiones.
Pasó el triunfo, que de todo triunfa el tiempo, y guiándoles el Varón de estremos, haciéndolos, llegaron á una gran plaza, donde cuatro ó seis personajes muy ahorrados, sin ahorrarse con ninguno y aforrándose de todos, estaban jugando á la pelota. Éste la arrojaba á aquél y aquél al otro, hasta que volvía al primero, pasando círculo político, que es el más vicioso, rodando siempre entre unos mismos, sin salir jamás de sus manos. Todos los demás estaban mirando, que no hacían otro que ver jugar. Reparó Critilo y dijo:
Ésta parece la pelota del mundo entre cuero y viento ó borra.
Y éste es, respondió el Estremado, el juego del mando, éste el gobierno de todas las comunidades y repúblicas. Unos mismos son los que mandan siempre, sin dejar tocar pelota á los demás. Que no hay política, que no tenga sus faltas y sus azares. Pero si me creéis, dejaos de todo mentido mando y seguidme, que yo os prometo mostrar el señorío real, que es el verdadero.
Aquí hacemos alto, respondió Critilo. El mayor favor sería guiarnos á casa de aquel ínclito marqués, embajador de España, cuya casa es nuestro centro, donde pensamos poner término á nuestra prolija peregrinación, hallando nuestra felicidad deseada.
Lo que les respondió y sucedió aquí, relatará la Crisi siguiente.
CRISI XIII. La jaula de todos
Crece el cuerpo hasta los veinte y cinco años y el corazón hasta los cincuenta; mas el ánimo siempre. ¡Gran argumento de su inmortalidad! Es la edad varonil el mejor tercio de la vida, como la que está en el medio. Llega ya el hombre á su punto, el espíritu á su sazón, el discurso es sustancial, el valor cumplido y el dictamen de la razón muy ajustado á ella. Al fin todo es madurez y cordura. Desde este punto se había de comenzar á vivir; mas algunos nunca comenzaron y otros cada día comienzan. Ésta es la reina de las edades y, si no perfecta absolutamente, con menos imperfecciones.
Las tres libreas del hombre.
Pues no ignorante como la niñez ni loca como la mocedad ni pesada ni pasada como la vejez; que el mismo sol campa de luces al mediodía. Tres libreas de tres diferentes colores da en diversas edades la naturaleza á sus criados. Comienza por el rubio y purpurante en la aurora de la niñez; al salir del sol de la juventud, gala de color y de colores; pero viste de negro y de decencia la barba y el cabello en la edad varonil, señal de profundos pensamientos y de cuidados cuerdos; fenece con el blanco, quedándose en él la vida, que es el buen porte de la virtud, librea de la vejez lo cándido.
Había Andrenio llegado á la cumbre de la varonil edad, cuando ya Critilo iba descaeciendo cuesta abajo de la vida y aun rodando de achaque en achaque. Íbales convoyando aquel varón raro, muy de la ocasión. Porque, aunque habían topado otros bien prodigiosos en el discurso de tan varia vida, que quien mucho vive, mucho experimenta; mas éste les causó harta novedad. Porque crecía y menguaba como él quería. Gigante enano.Estirábase, cuando era menester, iba sacando el cuerpo, alzaba cabeza, levantaba la voz y hombreábase de modo, que parecía un gigante tan descomunal, que hiciera cara al mismo capitán Plaza y aun á Pepo. Por otro estremo, cuando á él le parecía, se volvía á encoger y se empequeñecía de modo, que parecía un pigmeo en lo poco y un niño en lo tratable. Estaba atónito Andrenio de ver una virtud tan variable.
No te admires, le dijo él mismo. Que yo con los que tratan de empinarse y levantarse á mayores, con los que quieren llevar las cosas de mal á mal, también sé hacer piernas; pero con los que se humillan y llevan las cosas de bien á bien me allano de modo, que de mi condición harán cera, cuando más sincera. Que tengo por blasón perdonar á los humildes y contrastar los soberbios.
Éste, pues, hombre por estremos, habiéndoles desengañado de que el marqués embajador, que ellos buscaban, no asistía ya en la corte imperial, sino en la romana con negocios de extraordinaria grandeza, y habiendo ellos resuelto, después de mucha desazón y sentimiento, proseguir el viaje de su vida hasta conseguir su alejada felicidad y marchar á la astuta Italia, ofrecióles el voluntario gigante su compaña hasta los Alpes canos, distrito ya de la sonada Vejecia.
Y porque me empeñé, decía, en mostraros el señorío verdadero, sabed que no consiste en mandar á otros, sino á sí mismo. ¿Qué importa sujete uno todo el mundo, si él no se sujeta á la razón? Y por la mayor parte, los que son señores de más, suelen serlo menos de sí mismos. Y tal vez el que más manda más se desmanda. El imperio no es felicidad, sino pensión; pero el ser señor de sus apetitos es una inestimable superioridad. Tiranía de pasiones.Asegúroos que no hay tiranía como la de una pasión y, sea cualquiera, ni hay esclavo sujeto al más bárbaro africano, como el que se cautiva de un apetito. ¡Cuántas veces querría dormir á sueño suelto el necio amante y dícele su pasión:
Quita, perro, que no se hizo para ti ese cielo; sino un infierno de estar suspirando toda la noche á los umbrales de la desvanecida belleza!
Quisiera el mísero engañar, si no satisfacer, su hambre canina y dícele su codicia:
Anda, perro, ni una sed de agua y siempre de dinero.
Suspira el ambicioso por la quietud dichosa y grítale el deseo de valer:
Hola, perro, anda aperreado toda la vida.
¿Hay Berbería tan bárbara cual ésta? He, que no hay en el mundo señorío como la libertad del corazón. Eso sí que es ser señor, príncipe, rey, y monarca de sí mismo. Esta sola ventaja os faltaba para llegar al colmo de una inmortal perfección; todo lo demás habíais conseguido, el honroso saber, el acomodado tener, la dulce mitad, el importante valor, la ventura deseada, la virtud hermosa, la honra autorizada, y desta vez el mando verdadero.
¿Qué os ha parecido, preguntó el agigantado camarada, de los bravos alemanes?
Grandes hombres, iba á decir Critilo, cuando perturbó su definición uno, que parecía venir huyendo en lo desalentado y á gritos maldistintos repetía:
¡Guarda la fiera, guarda la mala bestia!
No dejaron de asustarse y más, cuando oyeron repetir lo mismo á otro y á otros, que todos volvían atrás de espanto.
¿Es posible, dijo Andrenio, que jamás nos hemos de ver libres de monstruos ni de fieras, que toda la vida ha de ser arma?
Trataban de huir y ponerse en cobro, cuando volviéndosep. 88 hacia su camarada el Gigante, no le vieron, pero le sintieron metido en uno de sus zapatos, tamañito. Creció su espanto, creyendo fuese efeto del miedo; mas él, con voz intrépida les animó, diciendo:
No temáis, no, que ésta no es desdicha, sino suerte.
¿Cómo suerte, gritó uno de los fugitivos, si está ahí una fiera tan cruel, que no perdona al hombre más persona?
¿Cómo nos guías por aquí?, instó Critilo.
Y él:
Porque es el camino de más ventajas, el de los grandes hombres, y esa fiera tan temida no es para mí asombro, sino trofeo.
Dábase á las furias, oyendo esto Andrenio, y preguntóle á uno de los menos asustados:
¿No me diríais, qué fiera es ésta?
¿Vístela tú?
Y aun he experimentado, respondió, por desgraciada dicha su fiereza.
Éste es un monstruo tan ruin como desapiadado, que sólo se sustenta de hombres muy personas. Cada día le han de echar para su pasto el mejor hombre, que se conoce, un héroe; y por el mismo caso que es conocido y nombrado, el sujeto más eminente, ya en armas, ya en letras, ya en gobierno; y si mujer, la más linda, la más bella, y luego la despedaza rosa á rosa, estrella á estrella, y se la traga; que de las feas y fieras como él no hace caso. Todos los famosos hombres peligran. En habiendo un sabio, un entendido, al punto le huele de mil leguas y hace tales estragos, que sus mismos conocidos se le traen y tal vez sus propios hermanos. Que el primer hombre, que despedazó, un hermano suyo le condujo. Es cosa lastimosa ver un gran soldado, cuanto más valiente y hazañoso, cómo perece, hecho víctima de su vilísima rabia.
¿Pues qué, á los valientes se atreve?
¿Cómo, si se atreve? Al mismo Torrecuso, al animoso Cantelp. 89mo, al mismo duque de Feria y otros tan excelentes. ¿Fiero monstruo de deshacer todo lo bueno? Pues ved cómo lo malea con dientes, con la lengua, hasta con el gestillo, con el modillo y de todas maneras.
¡Qué buen gusto debe tener!, dijo Critilo.
Antes no, pues todo lo bueno le sabe mal y no lo puede tragar, aunque muerde lo mejor. Y si tal vez se lo traga, porque lo cree, no lo puede digerir, porque no se le cuece. Tiene malísimo gusto y peor olfato, oliendo de cien leguas una eminencia y rabia por deshacerla. Y así yo doy voces:
Afuera, lindas; á huir, sabios; guardaos, valientes; alerta, príncipe: que viene, que llega rabiando la apocada bestia: ¡guarda, guarda!
He, aguarda, dijo el ya Enano gigante.
Por lo menos no puedes negar que es grande quien así se ceba en todas las cosas grandes. Antes es muy poca cosa y, aunque no hinca el diente venenoso, sino en lo que sobresale, es de todas maneras ruin y revienta cada día. No hay cosa más pestilente que su aliento, como salido de tan fatal boca, mala lengua y peores entrañas. Yo la he visto eclipsar el sol y deslucir las mismas estrellas. Los cristales empaña y la plata más brillante desdora. De suerte que, en viendo alguna cosa excelente y rara, la toma de ojo y de tema.
¿No hay un paladín, que degüelle esa horca tan perjudicial?, preguntó Andrenio.
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